PIEZA DEL MES
La luz de Sorolla
GABRIELA HUERTA TAMAYO | INVESTIGACIÓN
Mi único
afán –confirmaba
Sorolla–, desde que
ingresé en la Escuela de Bellas Artes de Valencia, fue crear una pintura
franca, una pintura que interpretase la naturaleza tal como es verdaderamente,
tal como debe verse… Esta idea consistió, para el joven aprendiz, en inclinarse por temas
realistas; a la vez, mejoró su técnica de dibujo a fin de obtener rápidos
apuntes y alcanzó buenos resultados en sus obras realizadas al aire libre. En
ese tiempo estuvo bajo el influjo de maestros como Bernardo Ferrándiz,
de reconocido costumbrismo, y el colorista Antonio Muñoz Degrain;
con Ignacio Pinazo salió a cubrir lienzos los exteriores de su tierra. Al
terminar su formación, participaría en las exposiciones nacionales que se
realizaban año con año en Madrid, y en 1882 se dedicaría a estudiar y copiar
las obras de Diego Velázquez y José de Ribera. Logró
el crédito oficial no con las marinas que envió al salón de 1881, sino con un
tema de historia, de 1882 pero exhibido dos años más tarde, de paleta oscura:
Dos de mayo. Con intención denunciante comentaría al respecto: Aquí, para darse a conocer y ganar medallas,
hay que hacer muertos.
Estudió en Italia en 1884 y de vuelta a España se detuvo en París,
donde conoció al francés Jules Bastien Lepage, el alemán Adolf Menzel y el sueco Anders Zorn, realistas de quienes tomó el ejemplo de acercarse al
color y la luz sin seguir la moda del Impresionismo. Su afán naturalista de
juventud se vio fortalecido con ellos, pero no su aprendizaje académico del que
comenzó a dudar a raíz del fracaso en la Exposición Nacional de 1887. En 1892
presentó con éxito la primera obra de realismo social: Otra Margarita, inspirada en el personaje del mismo nombre del Fausto de Goethe.
Esta tendencia pictórica, cultivada por Ignacio Zuloaga,
denunciaba las tristes circunstancias de la España finisecular, que perdía sus
colonias en América y veía surgir nuevos movimientos sociales, como el de los
trabajadores y los anarquistas. También serían reconocidas Trata de blancas (1894) y ¡Aún
dicen que el pescado es caro! (1894). En 1899, Triste herencia –lienzo con los niños desnudos en la playa del
hospital de salud mental San Juan de Dios– será la última pieza en esta vertiente.
En la década de los noventa, también se verá una nueva veta en Sorolla: la del retrato. Este género no significó un camino
preferido en su carrera artística; no obstante, le proporcionó solvencia desde
entonces. Por la gestión de su amigo el pintor Aureliano
Beruete, para ayudarlo a superar la estrechez económica
en la que vivía, lo introdujo en los círculos de la alta sociedad madrileña. La
primera imagen oficial que dejó sobre un lienzo fue la del político liberal
José de Canalejas en 1891.
El itinerario en el retrato había comenzado a ser frecuente desde 1885
con cuadros dedicados a sus amigos. Entre los clientes nuevos figuraron
personalidades del mundo intelectual, político y aristócrata de España, Europa
y América, a quienes plasmaría en un periodo de treinta años: Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, José Ortega y Gasset,
Miguel de Unamuno, Vicente Blasco Ibáñez, Jacinto
Benavente, Aureliano Beruete,
los reyes Alfonso xiii y Victoria
Eugenia, entre otros. En París también posarían ante él, en 1911, dos
mexicanos: la tiple Esperanza Iris y el expresidente refugiado en Francia Porfirio Díaz. […] la actividad de Sorolla como retratista –señala la catedrática valenciana Carmen Gracia– tenía un valor ideológico
adicional. Y este valor podía llegar a ser incluso más interesante que el
puramente artístico. A través de su galería de retratos, Sorolla
ofrecía una imagen de España moderna, intelectual y dinámica […].
Entre 1906 y 1911, a diferencia de los oficiales,
cultivó el retrato al aire libre que dedicó sobre todo a su familia y con los
que se confirmaba como pintor del sol. En ese periodo promovería su
obra en Francia, Alemania, Reino Unido y los Estados Unidos. En 1908, en el
marco de una exposición de su obra en Londres, entró en contacto con el
millonario norteamericano e hispanista Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic
Society of America de Nueva York, con quien
desarrollaría su proyecto más importante: La
visión de España, desde fines de 1911 hasta 1919, que consistía en grandes
paneles de escenas costumbristas de la Península Ibérica para los muros de la
biblioteca de esa sociedad neoyorquina.
Fue solicitado tan pronto llegó al país americano
por ciudadanos importantes, como el presidente William Howard
Taft. Entre 1909 y 1911 expuso en Nueva York, Chicago y Buffalo. En 1911
firmó el óleo de Lydia Beekman
Hibbard, heredera de una familia de grandes
empresarios de la industria metalúrgica que participaron en la reconstrucción
de la ciudad de Chicago después del Gran Fuego de 1871 y quien, entre sus
obras, contribuiría a fundar la Hibbard Egyptian Library del Western Theological Seminary, cuya misión ha sido documentar desde 1908, según
el bibliotecario Newland F. Smith
iii, la fe
anglicana y metodista.
En esta obra, Sorolla
renueva la herencia española y flamenca: recortada sobre un fondo oscuro emerge
la figura de la señora Hibbard sentada en un sillón.
La prontitud de las pinceladas, característica del autor, quedó impresa en las
manos; la destreza con la luminosidad y el negro, se muestra en el rostro, el
blanco de los encajes y el libro de la doctrina profesada. En tamaño natural,
la obra refleja así el señorío de la modelo que se templa con la austeridad del
vestido y el tocado y, en especial, con una sonrisa bondadosa. En el conjunto
de su producción, la afabilidad de sus mujeres contrasta con la seriedad
masculina. Aquí se trata del retrato formal de una notable creyente.
Por la misma época en que internacionalizó su obra y
fiel a su afán naturalista, diría: Ahora es cuando
mi mano obedece por completo a mi retina y mi sentimiento. ¡Veinte años
después! Realmente, a la edad en que debe uno llamarse pintor: ¡después de
cuarenta de trabajo!
Este retrato, ejecutado dentro una habitación,
permite aclarar que el autor no es un
impresionista en sentido francés. La luz no disuelve la forma, conserva la
solidez de los objetos, el dibujo de base se mantiene; siempre privilegiará la
figura y se sentirá ajeno a los paisajes deshabitados. Las pinceladas de este
cuadro, más diluidas que las de sus obras al aire libre, confirman los
señalamientos de la historiadora del arte María Elena Gómez Moreno: el artista
refleja el color real y no deja que éste se forme en
la retina del espectador; no hay en él intentos de divisionismo de la luz. Y, sin embargo, es
la luminosidad de Sorolla la que lo vuelve moderno,
como para el crítico mexicano Rafael Tovar y de Teresa, quien le atribuye, con
excepción de Goya, haber invadido
con tal intensidad a la pintura española.
Joaquín Sorolla y
Bastida
(Valencia, España, 1863 - Cercedilla, España, 1923)
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Retrato
de la señora Lydia Beekman Hibbard [1834-1920] | 1911 | Óleo sobre
lienzo
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106.7 x 91.4 cm | Firma y año: «Sorolla
y Bastida» y «1911», arriba a la izquierda
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Procedencia: Hasta 1992 formó parte de la colección particular de la señora R.B. Gregory,
Hubbard Woods, Illinois. Anteriormente perteneció a la señora Raymond C. Durham