PIEZA DEL MES

TÍTERES POBLANOS

Arte popular y ensoñación

ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | DIRECCIÓN

En la kermés, la tanda o la reunión en la plaza no han de faltar ni la melodía del cilindrero, el rosa o azul etéreos del algodón de azúcar, el trino del canario capaz de adivinar la suerte, ni el títere, que como apunta el escritor Fabricio Espasande, forma parte de nuestras primeras memorias infantiles.

Los juguetes mexicanos tienen las herencias más ricas, desde el pasado mesoamericano –con su amplia y compleja producción en miniaturas, representación de lo que sucedía en el mundo–, la vertiente europea que ya había asimilado las culturas orientales y africanas, hasta las que se derivaron de del espíritu de una nueva realidad.

La Conquista trajo innovaciones tecnológicas que en el Virreinato adquirieron diferentes significados en mestizaje con el imaginario prehispánico. En el caso de los juguetes, los intensos colores americanos iluminaron a las muñecas, y a las finas porcelanas se sumaron modestos materiales como el cartón. Mejillas chapeadas y vestidos pintados sobre el torso conviven hasta hoy con juguetes de barro, madera, hojalata, trapo, palma, vidrio o hueso, que se niegan a desaparecer ante el despliegue de plásticos multiformes.

 

Existen distintas clases de guiñoles: de guante, digital, varilla, peana o estas entrañables figuras del imaginario popular en la colección de Museo Soumaya. A diferencia de los anteriores, eran sostenidas en las piernas de un artista y dialogaban con el público. Los títeres son por antonomasia personajes de la libertad de expresión. Crítica a la sociedad a través de un ser al que se le deja decir más de lo debido y por lo tanto son la voz de un pueblo.

VOCES DE ILUSIÓN

La ventriloquia es el arte de hablar sin hacer notar el mover los labios con la finalidad de dar voz a un muñeco. En un principio se definió como el resultado del uso del estómago durante la inhalación para producir sonido, y de ahí su nombre del latín venter, estómago y loqui, hablar.

Esta destreza, presente en antiguos ritos religiosos, hace que la voz surja por una exhalación lenta, mientras la boca no se mueve. De esta forma, la atención del observador se centra en la fuente ilusoria de sonido.


De orígenes tan remotos como las primeras civilizaciones, los títeres se vinculaban con prácticas adivinatorias –tal como afirmó el argentino Ricardo Gamero–. Euricles de Atenas fue famoso por practicar la ventriloquia o gastromancia. Así, una persona daba respuestas en vez de un espíritu.

El primer ventrílocuo fue Louis Brabent, ayuda de cámara del rey Francisco I en la Galia del siglo XVI. Cien años más tarde, en Gran Bretaña, sirvió a Carlos I, Henry King, llamado el susurrador del rey. Este arte fue practicado en la India y China, y también entre los zulúes, maoríes e inuits. Pese a ser considerado una práctica idolátrica, el barroco español utilizó los títeres para mostrar los vicios y virtudes del mundo. Poco a poco, los territorios de ultramar desarrollaron el género, aunque al artista se le consideraba embaucador por engañar a su audiencia; incluso en Nueva España era utilizado el término titeretería, como el arte o la ciencia de los charlatanes.

En el siglo XIX la ventriloquia adquirió un nuevo impulso y con un carácter laico e irreverente se integró al mundo del espectáculo. Borel, Thiermet, Cardo, Artur Prince, o Harri Kennedy autor del libro El ventrílocuo y el arte se presentaron en ferias y circos con cabezas parlantes en una caja, luego en locales nocturnos y más tarde en teatros donde ya aparecía el muñeco de cuerpo entero. En los Estados Unidos los artistas alcanzaron mayor notoriedad, gracias a los espectáculos de Las Vegas. Incluso en 1937, Edgar Bergen, recibió un premio Oscar especial,

VOCES ENTRAÑABLES

De acuerdo con el lingüista Joseph Kirchner, la palabra títere es  onomatopéyica, por el ti-ti que hacían los actores con un silbido o siseo, al mismo tiempo que movían al muñeco. Por mucho tiempo, también se identificaba como titiritero, al saltimbanqui, acróbata, prestidigitador o  volantinero.


EL FLACO DE ORO
(Tlacotalpan, Veracruz, México, 1900 – Ciudad de México, México, 1970)

 

Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano del Sagrado Corazón Alfonso de Jesús Lara y Aguirre del Pino es tal vez el compositor mexicano de mayor proyección a nivel internacional. Hijo de Joaquín Lara y María Aguirre del Pino, realizó estudios de piano y trabajó en clubes nocturnos durante su juventud.

Su primera composición musical fue Marucha, en honor a una novia. En 1930 se escucharon por primera vez en la radio algunas de sus obras emblemáticas como Solamente una vez, Pecadora, Veracruz y Noche de ronda. El caudillo de España, Francisco Franco, lo condecoró por sus obras: Madrid, Sevilla, Granada y Toledo, lugares que, sin haber sido pisados por Lara, acogieron estas melodías como sus himnos.


Iconos de la música y del cine nacional de la época de oro que el público anhelaba conocer, pronto se transformaron en entrañables figuras.

Estas singulares manifestaciones del siglo XX, nutrieron el imaginario de niños, jóvenes y adultos quienes pudieron ver y escuchar a Agustín Lara, Jorge Negrete y Pedro Infante, a través de estas ingenuas representaciones que formaron parte del atractivo acervo del coleccionista Daniel Liebsohn.

La investigadora Laura Pesado en su breve texto Arte poblano afirma que: ante las célebres marionetas [tlaxcaltecas] de los [hermanos Rosete] Aranda que avasallaban cualquier otro espectáculo similar, Puebla optó por títeres de celebridades […]. Reunir de otra forma a tantos artistas en las ferias, hubiera sido para los empresarios muy difícil, no obstante, los problemas venían cuando el cartel no aclaraba que tales luminarias eran de cartón, madera y tela, al tiempo que las melodías, los diálogos e incluso las risas eran grabadas. Los jitomatazos podridos (y a veces no tanto), se estrellaban en los teatrinos y las filas del público enardecido, aclamaban al unísono “¡Que devuelvan las entradas!”.

Para 1953, una vez acostumbrado el público a estos espectáculos, y debido al bajo costo de entrada de 5 centavos, en la plaza de Huauchinango, Puebla, compitieron –como afirma Pesado– con la fama de la compañía de Tlaxcala. Ahí se presentaron Jorge Negrete y Pedro Infante, recreando las coplas de la célebre comedia Dos tipos de cuidado dirigida por don Ismael Rodríguez, cuyo éxito un año antes, había consagrado a la pareja antagónica por excelencia de la pantalla grande. Estos títeres y sus ventrílocuos pudieron haber representado a los amigos rancheros y, sin articular los labios, cantar:


 

PEDRO MALO:

 […] La gente dice sincera
cada que se hace un casorio
Que el novio que entre la quiera
Si no que le hagan velorio.

Para esta novia no hay pena
puede ser un buen marido
Porque Bueno es cosa buena
por lo menos de apellido.

Jorge Bueno es muy bueno
hijo de Bueno también
y tu abuelo... ¡ay! qué bueno
que se llamara como él
[…]


JORGE BUENO:

 

[…] Procuraré ser tan bueno
como dice mi apellido
Que se trague su veneno
el que velorio ha pedido.

Pedro es Malo de apellido
retachar es su cuarteta
Él nomás es presumido
porque no es Malo...es maleta...

Pedro Malo es muy malo,
malo por obligación,
y su abuelo... ¡uy! qué malo
hay que comprarle su guión
[…]


Como indica el investigador Humberto Maldonado, el títere se gobierna de manera que parezca que su movimiento es autónomo. Los curiosos personajes se articularon con la ayuda de muelles, cuerdas, alambres e hilos, que diseñados especialmente para cada uno lograban –una vez rebasado el impacto de no ver de carne y hueso a sus ídolos–  el reconocimiento del auditorio.

Caso aparte es el títere de Agustín Lara, pues su construcción es más cuidada. Tiene brazos y piernas de pino unidas con tela. Los zapatos de plástico están perfectamente terminados, e incluso viste calcetines azules de poliéster. Asimismo, es el único que cuenta con articulación en la mandíbula, que trabaja mediante un hilo que sale por la cabeza. Nuestro Flaco de oro comparte con los otros la tradicional alma de madera y la cara y las manos también son de papel maché.






Los tres, elegantísimos con smoking, forman parte de la serie que conserva Museo Soumaya, donde también se encuentran: el Rey del Mambo, Dámaso Pérez Prado; Francisco, el Charro Abitia; Alfredo el Güero Gil, integrante del trío Los Panchos; el cantante Fernando Fernández; el Tenor Continental, don Pedro Vargas; músicos y una corista, que juntos o separados, alegraron a la audiencia poblana. Ensoñación, risas y aplausos cobijan el trabajo de cartoneros, sastres y carpinteros, ahí donde estas figuras muestran el ingenio mexicano en donde la fantasía transforma los sencillos materiales en iconos del espectáculo nacional.

[1] Escuela Poblana | Títere de Agustín Lara | c. 1950
| Madera, papel, lienzo y poliéster; mandíbula articulada
| Altura: 66 cm

[2] Escuela Poblana | Títere de Pedro Infante | c. 1950
|Madera, papel y lienzo | Altura: 63 cm

[3]Escuela Poblana | Títere de Jorge Negrete | c. 1950
|Madera, papel y lienzo | Altura: 58 cm


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