ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | DIRECCIÓN


 

La cultura española trasplantada a América no sólo admitió la lenta y
subrepticia penetración indígena, no sólo fueron sus modelos modela-
dos y transformados por una sensibilidad ajena, sino que acogió gozosa
la influencia oriental
.

ELSA CECILIA FROST

A PARTIR DE 1492, CRISTÓBAL COLÓN ABRIÓ LAS FRONTERAS DEL MUNDO E INCORPORÓ UN NUEVO AGENTE QUE LLEVÓ MUCHOS AÑOS E INCLUSO SIGLOS ASUMIR: AMÉRICA. LAS CONSECUENCIAS DEL ENCUENTRO DE DOS MUNDOS TUVIERON DIFERENTES MATICES EN CADA REGIÓN DEL ORBE PARA 1565, LOS NUEVOS TRAYECTOS HACIA ORIENTE RESULTARON DE UN COMERCIO ENTONCES GLOBAL, QUE TRAZARON LOS EJES MERCANTILES ANUALES: CHINA-MANILA-ACAPULCO-CIUDAD DE MÉXICO; PUEBLA-VERACRUZ-SEVILLA O CÁDIZ EL NAVEGANTE ANDRÉS DE URDANETA, QUIEN POSTERIORMENTE TOMARÍA EL HÁBITO AGUSTINO, ESTABLECIÓ LA RUTA DE INTERCAMBIO CON FILIPINAS.

En el ámbito cultural del virreinato de Nueva España, a las técnicas y materiales europeos se sumó la fuerza creadora de las culturas mesoamericanas, así como la tradición de Asia y África, y dieron lugar a las obras de los llamados Antiguos Maestros Novohispanos.

ENSEÑANZAS DE ULTRAMAR

Según explica María Concepción García Sáiz, quien fue directora del Museo de América en Madrid, enconchado es el término que se aplica para aquellas obras bidimensionales donde se han incorporado pequeños fragmentos de madreperla.

 
En los Inventarios de bienes de los siglos XVII y XVIII fueron nombrados tableros de concha. La técnica, hoy prácticamente desaparecida, ha sido explicada por el esteta Guillermo Tovar de Teresa, así como por las restauradoras Astrid Brünger y Araceli Ocampo. Se esbozaba el dibujo sobre una tabla. Para adherir las piezas de origen marino, se aplicaba una cola de origen animal. A diferencia de ciertos trabajos de taracea, no se incrustaba el nácar una vez que se ahuecaba la madera, debido a la delicadeza del material que se habría quebrado con la presión.Más bien, se ponía sobre una mezcla de blanco de España (carbonato de calcio fusionado con cola) que rellenaba los espacios vacíos.

Cubierta la superficie, se lijaba o pulía mediante una planta con silicio, para resaltar el brillo natural de la venera. El polvo de oro, mediante el empleo de goma arábiga u otro aglutinante, posiblemente disuelto en agua, actuaba como medio para adherir el preciado metal. Éste era utilizado a manera de temple y creaba veladuras en toda la composición, excepto en las carnaciones para las cuales se empleaba el óleo. Finalmente, el barniz a base de resinas protegía los distintos materiales.

Las investigadoras Marta Dujovne de Argentina y Teresa Castelló, del Museo Franz Mayer, afirman que si bien los huastecos, mayas y mexicas, entre otras culturas amerindias, recurrieron al uso del nácar, los enconchados se acercan a las pinturas orientales, sobre todo a los trabajos japoneses de Nambam, debido a los diseños, al empleo de tinta china para bordear las figuras, a la escasa profundidad visual, así como a su poca variedad de colorido.

 

La compleja técnica se importó a Nueva España, principalmente a la Ciudad de México, durante la segunda mitad del siglo XVII, y tuvo un gran esplendor en los últimos veinte años de la centuria barroca. El taller más reconocido fue, sin lugar a dudas, el de la familia González, el cual, como afirma García Sáiz, compitió en calidad con los de pintura tradicional al óleo.

LOS MAESTROS DEL ENCONCHADO

Aunque el investigador Manuel Toussaint se refiere a la familia como extranjera, hoy podemos afirmar de manera más precisa que fueron novohispanos. Tomás González de Villaverde fue el primer miembro de la dinastía en cultivar el trabajo de la madreperla. El testimonio más antiguo del artista aparece en un documento fechado el 27 de enero de 1689 en la Ciudad de México, donde se asevera que don Tomás era pintor de maque.


Ahí mismo, se menciona a su hijo Miguel, como un hábil oficial de veinticinco años, quien fuera su albacea para la renta de una propiedad en la misma metrópoli.

Tovar de Teresa en su texto Los artistas y las pinturas de incrustaciones de concha nácar en México califica de sobresalientes los tableros de otro integrante: Juan González de Mier. El Archivo General de la Nación en un documento, fechado el 13 de diciembre de 1699 en la capital de Nueva España, muestra uno de los testimonios más importantes de este maestro, pues relata el trabajo de dos series de lámina de embutido de concha para Juan Beltrán, un afamado comerciante de esclavos.

Si bien las obras más significativas de Juan González las elaboró junto con su hermano, como la serie de veinticuatro tablas fechadas en 1698 cuyo tema es la Conquista de México (hoy bajo el resguardo del Museo de América), desde 1697 ya firmaba en solitario.

DOS OBRAS DE LOS GONZÁLEZ
EN LA COLECCIÓN DE MUSEO SOUMAYA

IVAN GONZALES FE A 1699. Con esta inscripción en el ángulo inferior izquierdo, la escena aún no identificada, da cuenta de la diversidad de temas que plasmaron los enconchados en Nueva España. Para el investigador Rogelio Ruiz Gomar, […] es una obra bellísima y muy interesante, pero también muy rara. Quizá refiera al pasaje de la vida de san Francisco Solano cuando visita al sultán.

Las marcadas estilizacionesneo-manieristas la acercan al Barroco exuberante y, por ende, al final de la producción del maestro. Las irisaciones se transparentan a través de veladuras,

 

que dan como resultado una gran luminosidad en los drapeados. El paisaje en lontananza muestra una clara influencia oriental, mientras la perspectiva del salón, el suelo ajedrezado y el retrato minucioso de las armas, mantienen  una tendencia naturalista occidental. Un rasgo característico en este maestro fueron las figuras de espaldas al público. Aquí el personaje visualmente da entrada a la escena, que como indica Gustavo Curiel, formó parte de una serie, la cual se desmembró, y cuyos destinos centrales fueron Argentina, Perú y España, durante los siglos XVIII y XIX.

LA ADORACIÓN DE LOS REYES

La estrella que habían visto […] les precedía, hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño […] y, llegando a la casa, lo vieron con María, su madre, y de hinojos le adoraron y, abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños de no volver a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino.

Mateo (2: 1-12)














Epifanía
es una de las tablas más bellas de Juan González. Concepción García Sáiz ha notado en ella rasgos distintivos del autor: preocupación por el dibujo que delimita con línea negra y segura que se adelgaza en el fondo hasta parecer casi bocetos; así como la inclusión de paisajes en un primer plano.


El episodio sólo se menciona en el evangelio canónico de Mateo (2: 1-12). Cuenta que una estrella reveló a los sabios de Oriente el nacimiento de Jesús, y fueron a buscarlo a Tierra Santa. Los dones obsequiados son símbolos místicos del Nuevo Sol: oro, la majestad del Niño como rey de los judíos; mirra, la naturaleza humana con que se ungía al Hijo de Dios; e incienso, la naturaleza divina que ilumina al mundo.

En cuanto al número de magos, en el arte paleocristiano a veces son dos, cuatro o hasta doce. Prevalecieron tres, cifra vinculada con la Santísima Trinidad, por razones bíblicas, litúrgicas y simbólicas. También daba cuenta de las edades del hombre; de las razas del género humano que provenían de los hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet; y de los continentes entonces conocidos: Tres Magi tres parti mundi significant: Asiam, Africam, Europam, de acuerdo con el teólogo Pseudo Beda.

Los nombres latinos Gaspar, Melchor y

 

Baltasar aparecieron por primera vez en 845, en el Libere Pontificalis de Ravena.

Esta espléndida obra del acervo probablemente integró un conjunto de tablas dedicadas a los pasajes de la vida de Jesús, que fueron profusamente imitados por otros talleres de enconchadores durante todo el siglo XVIII y hasta los albores del México independiente. Con el paso del tiempo, la venera escapó a los marcos, cuyos diseños caprichosos o geométricos aludían desde la fe cristiana al arte islámico.
               
La técnica que reúne los fragmentos de origen marino evoca a un mundo que estaba unido comercialmente. Polos mercantiles del imperio español que permitieron a los Antiguos Maestros Novohispanos nuevas facturas disímbolas, reunidas con la fuerza creadora de un rico mosaico cultural.


 Juan González
| El juicio del Conde Guillermo III
| Primera mitad del siglo XVIII | Óleo, temple y concha sobre tabla
| 62 x 83 cm

  Juan González
| Epifanía
| Primera mitad del siglo XVIII
| Concha nácar, óleo, temple, pintura de oro y polvo de plata sobre tabla | 84.5 x 126.5 cm
 
   Anónimo Novohispano
| Asunción de la Virgen María
|c. 1700|Óleo y concha nácar sobre tabla|Marco de  carey con concha nácar | 39.3 x 29.2 cm



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