
LA CHINA
MEXICANA
EVA MARÍA AYALA CANSECO | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN
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La china poblana es símbolo de lo mexicano y tema de gran interés por el misterio de su origen. A partir de principios del siglo XX, algunos académicos la relacionaron con Catharina de San Joan; otros, atendiendo a la iconografía de su imagen la vinculaban con el inicio del mestizaje. Hoy en día la investigación histórica se orienta hacia el análisis de un fenómeno social que advierte una fuerte presencia indígena y africana sobre la española y asiática, y que se conjuga en lo que la investigadora María del Carmen Vázquez Mantecón llama la china mexicana, mejor conocida como china poblana.
Sin embargo, para que el arquetipo trascendiera además de su sensualidad y belleza, fue imprescindible la figura de Myrra-Catharina, de quien se retomaría la bondad y generosidad, el segundo de los componentes esenciales.
En la edificación de la leyenda se han sumado celebridades de nuestro país y extranjeras: la marquesa Calderón de la Barca, a quien los ministros imploraron que no utilizara el colorido traje por temor a lo que se dijera; la bailarina rusa Ana Pavlova que con zapatillas de ballet y el vestido tradicional ejecutó el jarabe tapatío; las divas de la pantalla grande y de las artes escénicas, María Conesa, Mimí Derba, María Caballé; y además de ellas, cientos de niñas que visten aún el atuendo en la fiesta del Corpus Christi y en los bailes escolares del 16 de septiembre. |
CASTOR, LENTEJUELAS DE CALAMINA, CHAQUIRA, CUENTAS DE METAL E HILOS DE SEDA
El traje, como la figura de la china, también evolucionó. En Nueva España las sayas encarnadas fueron muy populares en materiales como: rasos, satén y brocados para las aristócratas y otros textiles para las mujeres del pueblo. El adorno con lentejuelas fue empleado en largos lienzos a base de retículas, sobre todo para faldas –que se elaboraban con un tipo de lana ligera denominada castor por la semejanza que tiene con la suavidad del pelo de este animal–, según dice la Real Academia de la Lengua Española de 1780.
Las apreciadas chaquiras, también llamadas abalorios o chinitas, se importaban de Oriente y de la isla de Murano, en la República de Venecia. Distintos bordados de flores y otros ornamentos que procedían de la tradición indígena y oriental adornaron las blusas de algodón blanco y raso de seda. |
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Casta es un término utilizado en Nueva España y se refiere a una sociedad altamente estratificada, producto del mestizaje entre indígenas, españoles, africanos y orientales. La palabra significa linaje, crianza o raza. En la sociedad novohispana llegaron a contarse 53 diferentes.
Las llamadas chinas provenían de tornatrás y grifo, o de notentiendo e india. Mujeres que pertenecían a una casta con alto porcentaje de sangre africana, todas las combinaciones étnicas que dieron origen a este grupo social reflejaban el fenotipo y por esta razón fueron sumamente discriminadas. |
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La investigadora Teresa Castelló Yturbide dice que a fines del siglo XVIII y principios del XIX, y debido a lo angosto de la tira, el castor se hilaba en telar doméstico, teñido con grana que en la mayoría de los casos era roja, aunque en las obras de Nebel y Arrieta aparece en azul verdoso y amarillo. Para conseguir el largo deseado de la falda se le agregaba una franja de raso de un tono contrastante. Debajo de ésta se utilizaba al menos una enagua que terminaba en puntas enchiladas, es decir un ribete de picos. En Museo Soumaya fotografía, pintura, gráfica y dos trajes completos son obras relacionadas con la china poblana que descubren la evolución de su indumentaria.
El Romanticismo del siglo XIX haría de la china poblana emblema de la belleza nacional. A lo largo de esa centuria y en la siguiente fue percibida como: sirvienta de familias señoriales; vendedora en los mercados; señorita limpia y de conducta dudosa que no entregaba su amor con facilidad; inspiradora de la pasión en los hombres por su desenfado y ligereza; personaje favorito de las divas del teatro popular y del cine. A partir de 1920 su atuendo fue llamado traje nacional. |

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Las blusas de algodón, escote cuadrado y manga corta, tienen amapolas y más flores: una bordada en hilo de seda y otra en chaquira de cristal con punto smock y pata de gallo, observó la investigadora Ma. Carmen de Arechavala.

Joaquín García Icazbalceta sugirió que el vocablo china era de origen sudamericano y que se utilizaba para nombrar a las niñas y a las muchachas, y según María del Carmen Vázquez Mantecón en los siglos XVII y XVIII mulato o chino fueron casi sinónimos.
Aunque Carl Nebel supo en 1834 que el vestido había sido diseñado en Puebla, es probable que más bien fuera una moda en las grandes ciudades, y de esto dan cuenta las pinturas y las litografías de la época. Nicolás León escribió que el traje se utilizó en la Ciudad de México, Puebla, Guadalajara y Oaxaca, y que el nombre poblano se deriva de pueblo, y no de Puebla; en este mismo tenor aparece el título bilingüe de la litografía del francés Fossey: Poblanas (Paysannes). |
La técnica de la lentejuela sujetada por chaquira que adorna las faldas es típica del traje de la china, y es probable que proceda de Oriente, dado que en la confección europea y novohispana del siglo XVIII. –al menos para uso de las clases altas-, ambos ornamentos se aplicaban al textil por separado. |
Las faldas tienen ribetes de raso. La más antigua de ellas tiene uno en el extremo superior que sigue la forma de las puntas enchiladas y también en el inferior aunque de corte lineal. La otra prenda consta de uno que se une a la cintura y es más sencillo. La cenefa de mariposas y nochebuenas muestra la influencia de los talleres poblanos de 1920, motivo que coexistió con los geométricos que usaron en sus atuendos las divas del teatro de tandas. El textil es de producción industrial y se estampó con bloques de motivos entrelazados, y en la costura intervienen la factura manual y de máquina. La decoración es excepcional por el lujo en sus adornos: lentejuelas metálicas con barniz de color, de forma circular y de hexaedro; chaquiras de cristal e interior metalizado; hilo de seda; cuentas facetadas –tal vez de oro y plata–; todos bordados a mano. Llevan al frente el escudo nacional, que se volvió iconografía fundamental desde fines del siglo XIX. Sólo uno de los dos vestidos conserva el cinto original: rebozo delgado de seda verde.
Mezcla de motivos y materiales, raíces étnicas y sueños literarios, la china representa en nuestro imaginario lo que José María Rivera escribió hacia 1855, en Los mexicanos pintados por sí mismos:
Encarnado zagalejo, banda de plata, cintura delgada, chata, y ojos de ofender a Dios.
[1 y 3] Costura mexicana | Vestido de china poblana | c. 1920 | Blusa fabricada a mano. Algodón bordado con chaquira de cristal y lentejuelas metálicas. Falda de castor estampado a mano. Aplicaciones de chaquira de cristal, cuentas metálicas y lentejuela de plata. Ribetes de raso | Hombros: 35.5 cm; largo: 146 cm
[2] José Agustín Arrieta (Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala, México, 1803 - Puebla, Puebla, México, 1874)| La pulquería (detalle) | Segunda mitad del siglo XIX | Óleo sobre lienzo | 59.5 x 54 x 8 cm
[4] Costura mexicana | Vestido de china poblana (vista posterior) | c. 1890-1900 | Blusa de raso bordada con hilos de seda. Falda de castor con aplicaciones de chaquira, lentejuela de plata bordada y de cola, ribete de raso de seda. Rebozo de seda | Hombros: 39 cm; largo: 134 cm
[5] José María Lupercio, activo en Guadalajara, Jalisco, México, c. 1900 - 1920 | Retrato de María Luisa Camarena de edad de 1 año 1 mes (detalle)| Septiembre de 1906| Gelatina de impresión directa (P.O.P.) | 13.8 x 9.5 cm |
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