GABRIELA HUERTA TAMAYO | INVESTIGACIÓN

Los mitos se alimentan de pasiones y han sido fuentes para los artistas en el mundo antiguo y en la era moderna desde el Renacimiento. Eros y Psique, divinidades que simbolizan el amor y la sexualidad, no agotan las posibilidades
de representar estos ardores. Más impulsiva y pertinaz es la figura del fauno. Su genealogía proviene de Asia Menor y las leyendas griegas la retoman: son seres que viven en bosques, se asocian a los manantiales y ríos, a la música y a la embriaguez. Uno de ellos, llamado Sileno, dotado con una sabiduría profética, fue el preceptor y amigo de Dionisos. Es el personaje a quien, según cuenta Apolodoro, el rey Midas capturó para que le revelara los secretos de la vida humana, los cuales profirió entre risotadas: Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido; no ser; ser nada. Y lo mejor, en segundo lugar, es para ti morir pronto. El arte clásico lo representa como un hombre maduro y paternal que lleva en brazos al pequeño dios de la vendimia.

Cuando se incorporaron al mundo griego, los silenos asiáticos se volvieron grotescos. Las historias sobre su nacimiento, hundidas en tiempos que van más allá del siglo x a. C., son diversas, pero, como hijo de Hermes, o de Pan, de una ninfa o Gea, su vida está en el campo.

 

Su exultante jovialidad fue subrayada, lo mismo que su debilidad por el vino; se les representó como hombres obesos, muchas de las veces calvos y con nariz chata, cola de caballo, cuernos y orejas de macho cabrío, que originalmente fueron de asno. Sus extravíos por las ninfas y las relaciones eróticas con ellas eran también parte del cortejo dionisiaco en torno a la cosecha de la vid y a los ritos del teatro.

En la mitología griega los sátiros y los silenos son criaturas que acompañan al dios de origen tracio Dionisos, protector de la agricultura y el teatro. Los silenos (el hombre de luna, según su etimología) pasaron a la cultura romana como faunos –término que quizá provenga de favonius, el que favorece–.

Los sátiros y silenos adoptaron algunos elementos de Dionisos, como las orejas puntiagudas y laberínticas, pero suelen distinguirse entre sí porque los primeros son mitad humanos mitad carneros, mientras que los segundos están provistos cuerpo humano.

En la poesía, como la de Stéphane Mallarmé, o en la historia del pensamiento, como en Aristóteles (siglo IV a. C.) o Friedrich Nietzsche (siglo XIX), suele hacerse referencia al Sileno que ante el rey Midas despreciaba la vida.


Larga vida a los faunos

El cambio revolucionario de las artes a mediados del siglo XIX no mató a los sátiros ni a los faunos o silenos. En las letras destaca La siesta de un fauno [L’après-midi d’un faune], de 1865, del poeta Stéphane Mallarmé (1842-1898), amigo del círculo de los impresionistas. Édouard Manet ilustró los versos. Los simbolistas plásticos abundaron en la representación de estos seres –como el francés Gustave Moreau o el mexicano Julio Ruelas–. La escultura también encontraría en ellos figuras vigorosas, como Jean-Baptiste Carpeux en El genio de la danza y Rodin, quien transformaría su viril sexualidad en femenina seducción.

En música, Claude Debussy (1862-1918) compuso el Preludio (1894) para el poema de Mallarmé, y en 1912 el bailarín Vaslav Nijinski, del entonces Ballet Ruso de Sergei de Diaghilev, creó e interpretó una coreografía moderna que el público abucheó por los movimientos insólitos y que, apropiado del personaje, llevó hasta el éxtasis sexual.

Mallarmé, de la estirpe de los poetas malditos, escribió en versos la imposibilidad del amor del fauno por la ninfa como un parangón del arte que, para representar el ideal de la belleza, debe mancillarlo con la realidad. Destino aciago para quienes sostenían una división     radical     entre     la     vida
 

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y el arte, y a quienes, unos años después, la guerra franco-prusiana también mostraría la fatuidad de la vida y del orgullo francés, como si en ellos recayeran las palabras que Sileno le había dicho a Midas.

Las imágenes de los silenos o faunos no fueron unívocas, como las leyendas heredadas: en algunas ocasiones alcanzó el rango y la dignidad del maestro de Dionisos niño, y en otras fue alegoría de la liberalidad cuando se le representaba con las ninfas…

En estas circunstancias, Renoir no era ajeno al tema de los faunos, ni al poema célebre de Mallarmé. Obras de Museo Soumaya, como su Pequeña Venus triunfante, El forjador (Hefesto) o el par de relieves de músicos dionisiacos y la pareja de Figuras de niños desnudos portando guirnaldas de flores, constatan su apego a los temas clásicos en las últimas décadas de su vida.


El fauno danzante



El sujeto principal en los dibujos de Renoir es un fauno que baila derramando el vino de su copa. La pose recuerda el bronce de Pompeya y otros que, también danzantes, han formado parte de la colección del Louvre. Llevando tan sólo los atributos necesarios para ser reconocidos, y para otorgarles un aire de eternidad, movimiento y expresividad, fueron elaborados con la técnica de pastel.

Las relaciones entre ambos dibujos sugieren una secuencia de la embriaguez.

 

Delante de su modelo –o acaso frente a una fotografía–, Renoir plasmó a uno de ellos bajo la luz del día, con el rostro aún fresco, como si apenas hubiera comenzado a beber, llevando adelante el paso del baile y agitando la mano derecha. En el segundo, el cielo bermellón avisa que se trata de un atardecer, las sombras que antes eran azules se han vuelto rojizas, la cara denuncia una mayor embriaguez y el brazo izquierdo al igual que las piernas, parecen trastabillar. Este segundo sileno parece evocar los versos casi finales del poema de Mallarmé:

Pero el alma, de palabras vacante, y este cuerpo sombrío tarde sucumben al silencio del estío: sin más, fuerza es dormir, lejano del rencor,sobre la arena sitibunda, a mi sabor la boca abierta al astro de vinos eficaces.

Sin documentación precisa sobre lo que llevó a Renoir a ejecutar esta pareja de dibujos, el nacimiento de Faunos o Silenos danzando está cercano a la muerte de Mallarmé, en 1898, al nacimiento de su hijo Claude, en 1901, y es índice de su gusto definitivo por el paisaje. Los dibujos recorrieron un itinerario que inició en la colección de Ambroise Vollard y siguió por el acervo de la Galerie de l’Elysée, París, y por el de Saul Horowitz, en Nueva York, hasta ingresar en los fondos mexicanos de pintura impresionista en 1992.


[1] Pierre-Auguste Renoir (Limoges, Francia, 1841 - Cagnes, Francia, 1919) | Fauno o sileno danzando | c. 1900 | Pastel sobre papel entelado |45.7 x 29.5 cm
[2] Fauno o sileno danzando | c. 1900 | Pastel sobre papel entelado |45.7 x 29.5 cm

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