Tras el curioso incidente con el templo de vanidad y los vestidos, perfumes, zapatos, lazos, abanicos e incluso el gracioso pájaro de plumas del paraíso, un episodio en casa de doña Germana Gil le quitó a Concepción Lombardo el hábito de mirar a hurtadillas en aquellos lugares recónditos donde las personas guardan sus secretos más íntimos:
[…] Me acuerdo con horror de lo que alli me pa/só. Con mi mala costumbre de abrir cajones, fui á registrar el del tocador de mi abuela ¿qué me encontré en él?, una dentadura comple/ ta ¿”y para que serbirá esto”? me pregunté, “debe serbir para tener dientes dobles y comer mejor” pues bien, probemos y pensando esto metí en mi boca aquel objeto desconocido para mi; pero que me sucedio?–cuando lo quise sacar de mi boca no pude, y por mas esfuerzos que hise, y por tirones que di no quiso salir! Espantada de mi obra, llorando a mares y dando de gritos, corrí con toda la boca a bierta á buscar á mis tías y á mi abuela, que al verme en aquel triste es/tado, no pudieron contener la risa, pero al mismo tiempo que se burlaban de mi, me decia una de ellas, “Ahora por castigo te vas á quedar asi!”. la otra agregaba “¡Pobrecita! Ya no po/dras serrar nunca la boca” y estas bromas y estas amenazas no hacian mas que aumen/tar mis gritos y mi afliccion. Asi me tubieron un buen rato, hasta que mi abuela compadecida de mi, sacó su dentadura de mi boca. Y si bien no lo logre del todo después de este episodio no quise meter mis narices en lugares que no fueran los propios. |