El retrato de don Francisco Cervantes de Salazar, óleo sobre lienzo firmado por el pintor José de Bustos, formó parte del acervo del Colegio de Santa María de la Caridad. El cuadro data de la segunda mitad del siglo XVIII y parece reproducir una obra anterior, hoy pérdida. El personaje es visto de tres cuartos y en una composición que recuerda la magnífica estampa de Erasmo de Rotterdam, que hiciera Durero en 1526, o al retrato homónimo de Hans Holbein.
El doctor Cervantes de Salazar, ataviado con el traje clerical y en una atmósfera intimista a la manera del retrato flamenco del Cinquecento, sostiene en sus manos un tintero y una pluma. El libro apoyado en un atril sobre el que anota sus grafías en latín –única lengua aceptada en los ámbitos académicos universita- rios–, muy probablemente refiere a la elaboración de la crónica de Nueva España que le había sido encomendada por el Ayuntamiento hacia el año de 1557
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Su rostro sereno y meditabundo dirige la vista hacia el primer texto que daría cuenta de una realidad mestiza a través del relato de los usos y costumbres de la compleja sociedad novohispana. Como refiere Armando Pavón Romero, [e]l latín universitario, tan criticado por los humanistas, se añadía como la otra lengua de los vencedores y se sumaba al murmullo aún mayoritario de voces mesoame- ricanas.
Fue en este sentido como el retrato de don Francisco Cervantes de Salazar quedaría sujeto a un fuerte contenido didáctico y político. La universidad, por un lado, fue la institución rectora del pensamiento durante el virreinato y, por el otro, tuvo la imperiosa necesidad de dar testimonio –a través de la pluma del cronista– de la realidad de la incipiente Nueva España. El hombre político como el social, padecen el vicio de retratarse, pero en circunstancias específicas y con determinados fines [...], en palabras de Luz de Lourdes Solórzano.
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