La mujer joven mira con atención hacia un objeto a su derecha, dejando ver un rostro curvilíneo y afable de tres cuartos de perfil. Su sombrero es de copa y ala pequeñas de colores marrón oscuro, quizás en un material de fieltro duro. Una banda sedosa adereza su armazón que, a pesar de su gama menos mortecina, reitera la unidad tonal del atuendo.
La doncella aparece arropada, lo que permite deducir que la escena está teniendo lugar en plein air y durante una jornada álgida, ya que viste un sobretodo de paño grueso, color negro, de cuello alto, vistosamente amarrado con un moño grande sobre el pecho. Esa forma de broche, aún parece formar parte del sombrerito que la cobija de un día anubarrado, pero luminoso y uno de sus extremos ondea insumiso en el horizonte. |

Édouard
Manet
La parisina
1882
Pastel sobre tela
55.3 x 34.9 cm
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Sobre todas las características formales, una resalta en la obra de Edouard Manet en México: las líneas de gis
rojo sobre los carrillos que conforman el torno encarnado de las mejillas juveniles de la retratada que se aprecian en otros rostros femeninos y masculinos ejecutados por el artista, en medios idénticos: Mme Zola (1879), Mme du Paty (c. 1878-80), Mlle Lemonnier (c. 1878-80) y el del compositor Cabaner (c. 1880-81).
Esas efigies emergen concentradas en la superficie de sus lienzos y difuminadas en sus contornos, a la manera de un modelado escultórico, hasta cierto punto desdeñando cualquier revestimiento de color en la parte inferior de la tela. Asemejan a los bustos de la estatuaria antigua de origen romano, sin ningún sostén natural son entidades flotantes en los espacios de sus bastidores, tal como sucede en La Parisina.
No está de más subrayar la economía de dibujo en todo el diseño claroscuro de la obra; sea en la condición lineal de las facciones de la veinteañera o en el trazado fugaz del firmamento que bordea a La Parisina, resuelto en movimientos francos de blanco y azul. Esa fluidez técnica produce una sensación de ingravidez. En sentido contrario y con independencia del tono sombrío del abrigo y del sombrero, la inflexión reiterativa de color en esas áreas, otorga al busto femenil una densidad tangible y bidimensional; todo solucionado, mediante procesos diversos de factura y de conformidad a cada sección del retrato.
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Manet en pastel

Édouard Manet
Retrato de Cabaner
C. 1880-81
pastel
sobre lienzo
Museo d’Orsay, París
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Si bien no se sabe con exactitud quién reactivó el paste en los círculos impresionistas, tanto Edgard Degas (1834- 1917) como Manet, ya lo ejercían hacia 1874, cuando el último pintó Mme Manet sobre un sillón azul. Como se sabe, la técnica que apareció durante el siglo XVI en italia, tuvo su apogeo mayor hasta el siglo XVIII con Rosalía Carriera (1675-1757), quien habría de ejercer una gran influencia sobre los franceses Maurice-Quetin Latour (1704-88) y Jean-Batiste-Siméon Chardin (1699-1779).
Edmon Bazire, primer biógrafo del pintor, contaba más de ciento treinta pasteles en su libro Manet, publicado tan sólo un año después de la muerte del virtuoso, mientras que Denis Rouart y Daniel Wildenstein, autores contemporáneos, sólo enumeran ochenta y nueve obras bajo ese rubro en su obra intitulada Edouard Manet: Catalogue raisonné, 2 v., escrita en 1975. Dicho sea de paso, más de setenta obras que componen esa cuantía, son mujeres. |
Se tiene certeza, sin embargo, respecto al hecho de que el maestro boulevardier por excelencia, privilegió ese recurso de 1879 a 1883. La mayoría de esos trabajos corresponden al género del retrato. No está de más recordar que el artista ya sufría las secuelas irreversibles de la sífilis y que sus posibilidades de locomoción se deterioraban día con día, al grado de ya no ser capaz de subir los peldaños de una escalera hacia 1880.
La velocidad de realización que significaba el ejercicio del método de pastel, en comparación con los demás medios por él frecuentados, más la circunstancia de una salud en picada, le habrán permitido rendimientos profesionales mayores. Por tanto, no debe asombrarnos que Édouard Manet se hubiese acostumbrado a trabajar con sus modelos durante una sola sesión, que con frecuencia abandonara la hechura de sus obras terminándolas de manera suelta e indefinida y que, algunas, no llegasen a ser firmadas. |
El eterno femenino
de fin de siglo

Édouard Manet
Retrato de Mme Émile Zola
1879
Pastel
sobre lienzo
Museo d’Orsay, París
Una camarera modesta es la serveuse Suzon que aparece en un primer plano del cuadro célebre Le Bar du Folies-Bergére, de 1881-82. Consta en registros que la volvió a retratar no menos de una vez más –al pastel– en la obra La modelo de la camarera del Bar du Folies-Bergére, de 1881, donde esa joven retraída luce un perfil clásico que nos hace olvidar la condición de su oficio.
En torno a la Jeune Fille au Chapeau Marron, cabe todavía añadir una observación ya hecha por uno de los críticos contemporáneos del maestro, en el sentido de que aún cuando Manet mismo era consciente de su tendencia natural a faire joli las facciones de sus modelos, sobre todo aquellas logradas mediante el manejo técnico de pastel, nada hizo para evitarlo. Con base a lo anterior, el aspecto modosito y placentero de una Parisina también evoca a la costurera infortunada Mimí; aquella heroína de la obra literaria Scenes de la Vie Bohéme, musicalizada más tarde por Giacomo Puccini (1858-1924), en 1896. De hecho, la impronta cándida –casi natural– de la Mujer con sombrero café, decidió a algún crítico a sobrenombrarla con el epíteto de obrera.
Es probable que el espíritu decadente asociado con el movimiento estético simbolista de fines del siglo XIX, en Francia, se haya encarnado en el rostro azucarado, impersonal y un tanto convencional, de La Parisina. En una palabra, puede detectarse en su semblante, la idealización de una mujer que siempre será joven; de un imperativo de espiritualización que las sensaciones humanas –reflejos del universo– entonces hayan producido; y, finalmente, de un prototipo –de índole emblemática– del eterno femenino.
MARIO RAÚL GARCÍA
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