LA
LUZ DEL ICONO:REVELACIÓN DIVINA |
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El
arte está íntimamente relacionado con el misterio
de Dios. |
Heinrich
Pfeiffer, J.S. |
Anónimo ruso
Epifanía, San Pablo y Santa Bárbara (tríptico)
Fines del siglo XIX, inspirado en un icono del siglo XVI
Óleo sobre tabla
31.2 x 41.6 cm
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Icono
proviene del ruso ikona, y éste del griego antiguo
,
que significa imagen. Para la Iglesia ortodoxa, es una gracia
que lleva a la luz de Cristo. Dios es desconocido en su esencia,
pero se manifiesta a través de la energía divina
que infunde en el mundo. En la antigua Rus, el icono era un
elemento sagrado, a través del cual el fiel experimenta
el ruah o aliento primero que sopla sobre el abismo. Así,
el icono es una vía para conocer a la divinidad.
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Tríptico
de fe
Los iconos fueron pintados al temple desde el siglo V, y para
el siglo XIX, era común que se ejecutaran al óleo,
como esta bella obra rusa. Muchas de estas imágenes
se plasmaron en pequeños formatos, y eran protegidas
con pan de oro o con láminas metálicas de plata
repujada, oro o bronce. Frecuentemente se insertaban en los
iconostasios –tablas o celosías que separaban
a la comunidad del altar–.
De acuerdo con los cánones ortodoxos, los artistas
debían inspirarse en obras antiguas. Las tradiciones
implicaban un uso puntual de la iconografía, la elección
de los materiales, el fondo, los colores y las secuencias.
Es habitual que se repita la semiesfera o cúpula, representando
al cosmos. El vientre es centro de vida, y punto focal de
las figuras de los santos Pablo y Bárbara, que acompañan
la adoración de los magos en las dos tablas laterales
de este tríptico.
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La
espada y el libro
En el panel izquierdo preside la escena Pablo, vestido de
verde y rojo –fe y pasión–, sujeta el libro
de sabiduría, pues los Padres de la Iglesia lo designaron
como Boca
de Cristo y heraldo de la fe. La espada es símbolo
de justicia, y de su vida como militar. San Pablo nació
en Tarso, capital de Cilicia. El día de su circuncisión
fue llamado Saulo (deseado), como el primer rey de Israel.
Tras su conversión al cristianismo adoptó el
nombre latino Paulus (pequeño), por humildad o como
homenaje al procónsul romano de Chipre, Sergius Paulus.
No conoció a Jesús ni formó parte de
los primeros apóstoles. Cristo le habló en el
camino de Damasco: Saulo, Saulo, ¿por
qué me persigues?, y de ser un detractor
de la nueva doctrina, se convirtió y tuvo un papel
trascendente en la difusión de la fe entre los gentiles.
Se lo reconoce como uno de los fundadores del catolicismo,
ya que lo independizó de la religión judaica
para hacerlo universal.
La
torre con tres vanos
Se afirma que santa Bárbara nació en Nicomedia,
capital de Bitinia, situada a orillas del Mar de Mármara.
Para evitar que se convirtiera al cristianismo, su padre la
encerró en una torre iluminada sólo por dos
ventanas; ella expuso su fe a la Santísima Trinidad
al perforar el muro y abrir un “tercer vano”,
lo que será su atributo iconográfico más
usual, como aparece en el lateral derecho de esta obra.
La mártir de Medio Oriente consiguió que un
sacerdote pasara como médico para instruirla en la
religión, pero al enterarse su progenitor que se había
convertido, la amenazó. Bárbara escapó
y se refugió en un peñón; fue denunciada
y siendo presa se negó a abjurar, por lo cual la entregaron
al juez Marciano, quien la hizo padecer grandes tormentos.
Al final, su padre la llevó a la cima de una montaña
donde la decapitó, y en castigo fue fulminado por un
rayo.
El culto a la santa inició en Oriente, y su devoción
se hizo popular en Occidente gracias al arzobispo de Génova,
Santiago de la Vorágine. Un antiguo
salmo reza: Santa Bárbara bendita/ que en el Cielo
estás escrita;/ santa Bárbara doncella/ que
en el cielo eres estrella;/ líbranos de un rayo y de
una centella.
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Juan
González de Mier
Epifanía
Primera mitad del siglo XVIII
Concha nácar, óleo, temple, pintura de oro y polvo de
plata sobre tabla
84.5 x 126.5 cm
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Epifanía:
la manifestación divina del Hijo de Dios |
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Al
resplandor de una estrella/ buscan los Reyes de Oriente/ este
sol resplandeciente/ en braços de una doncella |
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Fernán
González de Eslava |
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El
pasaje sólo se menciona en el evangelio canónico
de Mateo (2: 1-12), y no consigna los nombres, el número
de magos, la fecha o el destino del viaje, que puede ser Nazaret
o Belén. Cuenta que una estrella reveló a los
sabios de Oriente el nacimiento del rey de los judíos,
y fueron a buscarlo a Jerusalén. El rey Herodes, quien
gobernaba en Palestina, los interrogó y les hizo prometer
que regresarían cuando hubiesen encontrado al Niño,
para que también él fuera a adorarlo. La
estrella que habían visto […] les precedía,
hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño |
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[…] y, llegando a la casa, lo vieron con María,
su madre, y de hinojos le adora- ron y, abriendo sus cofres, le
ofrecieron como dones oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños
de no volver a Herodes, se tornaron a su tierra por otro camino.
Al
principio los magos –del persa magu
o maga– se consideraban astrólogos que predecían
el futuro en las estrellas. La Iglesia se interesó en
mostrar el homenaje a Jesús por todos los reyes del mundo,
y Tertuliano, uno de los primeros escritores cristianos fue
quien los mostró como soberanos.
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Los
dones obsequiados son símbolos místicos del
Nuevo Sol:
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Oro: la majestad de Jesús como rey de los judíos
-
Mirra:
la naturaleza humana con que se ungía al Hijo de
Dios
-
Incienso: la naturaleza divina que ilumina al mundo
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| En
cuanto al número de magos, en el arte paleocristiano
a veces son dos, cuatro o hasta doce. Prevaleció por
razones bíblicas, litúrgicas y simbólicas
que eran tres como en esta tabla; la cifra sagrada de la Santísima
Trinidad, y los tres dones otorgados al Niño Dios. También
correspondían a las edades del hombre, a las razas del
género humano, que descendían de los hijos de
Noé: Sem, Cam y Jafet, y de los continentes entonces
conocidos: Tres
Magi tres parti mundi significant: Asiam, Africam, Europam
(Pseudo Beda). Para el siglo XIX, ya era común la representación
de un gobernante de tez oscura, que en la obra se dirige a un
san José anciano. De acuerdo con el investigador francés
Louis Réau, los nombres latinos Gaspar, Melchor y Baltasar
aparecieron por primera vez en 845, en el Libere Pontificalis
de Ravena; luego pasaron al idioma español y a otras
lenguas romances con algunas variaciones. Los etíopes
los llamaban Athor, Sater y Paratoras; los hebreos los conocían
como Magalath, Galhalath y Serakin; en lengua siriaca eran Kagpha,
Babadilma y Badakharida; y para los griegos Apelicón,
Amerín y Damascón. La Iglesia celebra la festividad
el 6 de enero, día en que originalmente se festejaba
el bautismo de Cristo en el río Jordán.
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El espléndido tríptico perteneció al acervo
de Gonzalo Obregón. La escena se enmarca por edificios
neoclásicos que distan del humilde pesebre donde nació
Jesús. Asisten a la revelación del Hijo de Dios,
un sacerdote –quizá donante– quien contempla
la escena, y en la apertura de gloria, tres ángeles anuncian
la Epifanía o manifestación divina del creador.
Un mensajero celestial con su mano manifiesta la autoridad del
Niño y con su dedo índice señala al redentor.
Cristo, luz verdadera, es revelado en el icono, que refiere
al primer día de la Creación: Hágase
la luz. Para Oriente, la imagen es la manifestación
de Dios y esencia del Todopoderoso. Es un vínculo entre
lo material y lo espiritual. Para el fiel la imagen no es obra
humana, pues evoca a la divinidad, tal como en Occidente la
adoración del Santísimo Sacramento trasciende
a la Sagrada Forma y a la custodia, para develar el poder supremo
en la tierra. San Juan escribió las palabras de Jesús:
Quien me ha visto a Mí, ha visto
a mi Padre. De ahí que quien haya sentido
la luz del icono o venerado al Santísimo, ha contemplado
el divino rostro de Dios. |
ERÉNDIRA
HAYDÉE NEGRETE RÍOS ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN
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