Juan Soriano

Juan Soriano
Autorretrato

1946
Tinta sobre papel
38.6 x 32.4 cm

Quien quiera aspirar aire de libertad creativa, tendrá como ejemplo a Juan Soriano a quien sus críticos y las mejores plumas de nuestro país y de otros puntos del globo asocian, más que a ningún otro artista, a esa condición humana. Quien quiera encontrar preguntas lúcidas sobre la pintura y el arte de nuestro país, atenderá a los pensadores que reflexionan ante su producción. Quien quiera un relato en prosa que nos parece ligera y desinhibida de la vida y profesión de un hombre, estará buscando sus conversaciones y entrevistas donde, advierte Monsiváis, se contradice y contradice, maneja teorías deslumbrantes, es pródigamente autobiográfico sin caer jamás en lo confesional1, y, con todo, contagiará su infantil curiosidad, su juventud polemista, su madura orientación para pensar por sí mismo. La memoria, ahora que ha muerto, puede prevenirnos de los galimatías, de vanas petrificaciones; los recuerdos, inevitables, viajarán a través de sus obras, de su arte.

Juan Soriano
Adán y Eva

1953
Óleo sobre lienzo
65 x 65 cm

1945- LAS BANISTAS

Autorretratos, retratos, ángeles, niñas, mujeres, muerte: pintura expresiva de colores vivos con luminosidades contenidas; escenas y volúmenes que tocan lo fantástico. Soriano decía que enfrentaba a sus demonios que eran las mujeres de su familia; entre ellas fue hombre único y niño prodigio.

1946- AUTORRERTRATO

Esta obra sobre papel es diferente a muchos en donde destaca la línea limpia del contorno: tiene sombras. Cumplió 25 años en agosto del 45 y dijo que no se aguantaba, se tomó por retrasado e intentó quitarse la vida. Vivió en la confusión del alcohol. Las depresiones  regresarían en otras etapas de su vida y volvería a salir de ellas. Sabe que su ingenio requiere templarse en el estudio, pero, en su profesión, lograrse como pintor fue hacerse él mismo. Un parto difícil pero vivificante: no fue fridomaniaco, ni riveriano, ni surrealista, ni se limitó a admirar a Tamayo…

1953 – ADÁN Y EVA

En un sueño erótico un hombre dormido da a luz una mujer.

 

La atmósfera nocturna habla del artista: Soriano se deja llevar como niño, dice que por eso es el niño eterno, como lo llamó Octavio Paz; asevera que no hace planes, a veces incluso afirma que no desea, que no imagina, que no fantasea, que pinta de puras ganas. Habría que decir que es un activo sonámbulo2, paradoja en la que revive a los héroes griegos cuando cierta locura los invade, pero Soriano insistirá que no es la locura, sino la  serenidad lo que le permite hacer arte. Entre el 51 y el 53, viajó a Roma para estar cerca de Diego de Mesa y se encontró con las fuentes del arte occidental. Dejó atrás la parafernalia nacionalista que lo atosigó desde que empezó a pintar; para él, los Tres Grandes no lo fueron. […] se aligera en la orfandad, en la lejanía, y prueba resistir entre otros oleajes, opina José Miguel Ullán3. Más viajes  el argonauta detuvo su nave en los motivos griegos. No serían los únicos en estos años, pero sí novedosos. Después de Grecia muchas cosas comenzaron a trastocarse: orientó sus afectos y recuerdos entre los mitos clásicos, observa Teresa del Conde. En México también bullía una generación diferente de artistas.



Juan Soriano
El pez

1958-1960
Óleo sobre lienzo
117.2 x 175.3 cm

1958-60 EL PEZ / 1960 - LA CAPILLA DEL ROSARIO

Soriano piensa que toda pintura es abstracta porque la naturaleza no se puede imitar; es la interpretación de uno. Desde mediados de los años 50 está en franca odisea: su pintura cambió y se llenó de colores brillantes, de formas insinuadas que llevará a más de uno a denominar este periodo como abstracto. Para el artista su obra seguirá siendo figurativista y se seguirá sosteniendo en sentimientos. Aún más desmedido que el del Museo de Arte Moderno, el pez rechaza la mirada acomodaticia: su colorido es atrayente, pero la composición y las formas no. Estos tres elementos parece que se contradicen y encuentran un límite a sus fuerzas. Para Teresa del Conde, el aspecto electrizado y vitalizante no alcanza a ocultar la ambigüedad del mensaje que transmiten4. [.] la culminación de esta segunda etapa, pensaba Justino Fernández, es un gran cuadro con un pescado alucinante color5; para otros, como Octavio Paz o Carlos Monsiváis, lo serán los libérrimos retratos de Lupe Marín, en los que desanduvo lo aprendido. Era entonces el que se la pasaba naciendo y el que traslucía la oscuridad de donde provenía -obra auroral para María Zambrano y elemental figuración de la aurora para Carlos Fuentes-. La Ruptura no sólo desgarró la vieja historia del arte en México, lo desgarraba también a él.



Juan Soriano
La palmera

1984
Óleo sobre lienzo
270 x 150 cm
 

1984 - LA PALMERA / 1987 -APOLO CON PECES

Pintó La palmera: el cuerpo extendido boca abajo de un joven a los pies de una increíble palmera sólo puede provocar preguntas y, al punto, relatos imparables. Atmósferas cálidas que consigue el amarillo sobre los azules y verdes; divinidades de piel y cabelleras solares, que no miran a nadie, pero que están ahí despabilando deseos. Entre París y la Ciudad de México, con la íntima amistad de Marek Keller desde 1975, su vida había vuelto a girar. Los peces de ahora, que inundan telas y papeles, dejaron de parecer esqueletos retorcidos. Acompañan a hombres o mujeres, casi siempre desnudos; están en las concavidades de sus cuerpos atravesando el cerco de la piel; o como con Apolo, se confían con ojos ciegos en su lira de dios racional, y entonces todo el cuadro se vuelve armónico.


1994 - LA SIRENA

De las masitas de maíz al bronce monumental pasaron más de seis décadas. Primero vino Toro echado para Tabasco; después, en la Ciudad de México, Dafne en el edificio Arcos- Bosques, Luna del Auditorio Nacional, La Sirena encabezando Plaza Loreto, entre otras obras de las que, según advertía con su palomas, podían ser perversas, muy fieras, sensuales, combativas.

Octavio Paz respaldaba su amistad con Soriano diciéndole, con inspiración délfica, sé tú mismo. Y el pintor de amor propioso se erigió ahí. El poeta pensaba que éste había reconquistado la tradición, y se fundía con la fantasía poética y la imaginación visual. Julio Cortázar le dedicó La orientación de los gatos —a propósito de La ventana con gato (1978)—, cuento donde avasalla del mexicano su casi terrible impulso de ave fénix; donde uno de los personajes había ido al cuadro pero no estaba de vuelta. Transformaciones maravillosas, que perviven en su enigma, y nacen, para Soriano, amiguero y elocuente, de la conversación:

La mayoría de la gente —decía— no sabemos ver. Cuando nacemos al encuentro con una pintura, vemos la pintura y la tomamos como exvoto o como cosa de religión. Entonces no hay manera de aprender. Y si agarra uno un libro, entonces ya está uno equivocado para diez años más porque dice puras cosas que no tienen que ver con la pintura. Es que la pintura, a lo que más se puede parecer, es a una conversación entre dos gentes, que uno se quiebra la cabeza para encontrar la palabra que expresa lo que uno está sintiendo. Y así es la pintura, uno se siente forzado a ponerse a dibujar y dibujar para que salga algo que uno sintió viendo una cosa o un momento de la vida y entonces la otra persona reacciona y contesta. Se hace el diálogo y uno siente ternura por aquella persona que lo entendió a uno. Y uno se esmera por hablar mejor y que lo entiendan.6


1 Juan Soriano entre sus elementos, en El Universal, 12 feb 2006.
2 Muñiz, Aimeé, Juan Soriano en la Cátedra Julio Cortázar, en Gaceta Universitaria, Universidad de Guadalajara, 24 de marzo de 2003, p. 25. Versión digital: http:// www. comsoc.udg.mx/gaceta/paginas/292/292-25.pdf.
3 Poniatowska, Elena. Juan Soriano, niño de mil años. 1ª reimp., Ed. Plaza Janés, México, 2000 (1989), p. 206. Muchas publicaciones, además de los inexcusables catálogos razonados de su obra, que van de Homópolis a Reforma contienen recientes opiniones y noticias; el sitio web dedicado al artista (http://www.juansoriano.net/) posee algunas de ellas y edita también algunos textos indispensables y una guía bibliográfica.
4 Ibídem, p. 208.
5 Fernández, Justino. La pintura moderna mexicana. Pomarca. México. 1964
6 Juan Soriano. Naturaleza y mito, Instituto Mora / Fundación Juan Soriano y Marek Keller, México, 2004, p. 5.


GABRELA HUERTA TAMAYO | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN


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