La Parisina


En 1863 el rostro de una mujer que miraba de manera provocativa al espectador marcó una nueva visión para el arte de finales del siglo XIX. Era una pintura donde ella, desnuda y sentada sobre el césped, se hacia acompañar por dos caballeros vestidos de calle. No se trataba de una representación mitológica ni alegórica ¿Qué significaba? Simplemen-te un almuerzo campestre.

Édouard Manet
La parisina

1882
Pastel sobre tela 55.3 x 34.9 cm


Desayuno en la hierba, como la tituló Manet, no fue aceptada por la crítica académica. Escandalizó. Todavía más controvertida resultó Olympia exhibida en 1865. En ella, otra vez el papel protagónico lo tiene una mujer. Una odalisca –coetánea a sus espectadores–, desnuda, excepto por unos zapatos blancuscos, muestra su piel color mármol. Reposa encima de un mantón de manila, blanco crudo, sobre unas sábanas, éstas sí clarísimas. Una sirvienta negra, de atuendo aperlado, muestra un ramo envuelto de un material pálido. El lienzo de Manet resultará un estudio acerca de los distintos tonos del blanco en donde, sin embargo reinará, una vez más, la mirada inquietante de la modelo.Ambas mujeres serán habitantes particularmente célebres en el Salón de rechazados, espacio que cobrará notoriedad con el grupo de los Impresionistas.

Manet fue un rebelde ejemplar. Nació en París el 23 de enero de 1832. En la Rue des Petits-Augustins, hoy Rue Bonaparte, muy cerca de la Escuela de Bellas Artes y la Academia Royale de pintura y escultura. Un tío materno, Edouard Fournier, aficionado en museos, jugaría un papel fundamental para la vocación del artista en ciernes.

Manet fue un autor revolucionario, inventor de nuevos métodos, audaz en sus temas, provocativo en su color. Dirá Baudelaire, el primer decadente del nuevo arte. Pintor de escenas parisinas, gustó de representar al sexo femenino y sus prendas. Los sombreros y las medias. ¿Hacia donde iba su itinerario visual?




Édouard Manet
Desayuno en la hierba
1863
Óleo sobre tela 208 x 264 cm
Col. Musée D’Orsay


Pintor de la vida moderna

Aunque discreto, se dice que Manet fue además de esteta un dandi consumado. Frecuenta con fervor los cafés, en donde el encuentro con los intelectuales, poetas y artistas fue intenso en un tiempo y lugar que serán cruciales para la historia del nuevo arte occidental. Narrador plástico de la vida moderna de la Ciudad luz, pintó desde un baile de disfraces y lo que acontecía en una función de ópera, hasta escenas en cervecerías, jardines y bares. Aquello que pareció por mucho tiempo ante la fortuna crítica como frívolo y banal, estaba convocando la gran revolución temática de principios del siglo XX.

Aparecerán entonces en los asuntos

pictóricos de Manet mujeres vestidas que se harán famosas. Una de sus modelos preferidas fue Victorine Meurent. Uno de los cuadros más conocidos es en el que la modelo está retratada en un momento sin gloria, cotidiano: mientras come cerezas delante de la puerta de un cabaret. Además de la pincelada suelta a la que nos acostumbrará el autor de Música en los jardines de las Tullerías (1862), encontramos como centro emotivo la mirada y, de manera especial, el rápido movimiento del pincel que refleja el tocado de la dama.



Édouard Manet
Olympia
1863
Óleo sobre tela 130 x 190 cm
Col. Musée D’Orsay


Joven con sombrero café

En vida Manet gozó de reconocimiento y fama. Mostró muy pronto el talento y la locura que atrajo la atención de importantes escritores que alabaron su obra: Baudelaire, Zolá, Valery y Mallarmé. Un año antes de morir alquila una pequeña casa en Rueil. Es ahí donde se dedica, sobre todo, a pintar retratos y naturalezas muertas. De esa época es el cuadro que presentamos como pieza del mes de octubre se integraró a la exposición Seis siglos de arte. Cien grandes maestros.

El poeta de Las Flores del mal adoró del pintor la maravilla que resultaba la transposición sensual y espiritual consumada en la tela. Valery dirá, a partir de un retrato de mujer con sombrero Retrato de Berthe Marisot (1872) lo que bien podría mirarse en la joven del Soumaya: belleza mediante la combinación del detalle fútil y efímero de un sombrero que contrasta con la expresión de un rostro que se antoja, por lo menos, melancólico. Aquellos que calificaron de vulgares los asuntos que exhibieron un grupo de pintores del París finisecular, verán en poco tiempo la contundencia de un movimiento que al proponer nuevas técnicas, procedimientos y temas para el arte abrirían el camino en la búsqueda de otra realidad y su verdad.

Retratar la vida cotidiana significó para estos autores la oportunidad de ir a través de lo real, al centro de lo simbólico y lo imaginario. Se empezó a sentir que la esencia no estaba en la naturaleza acabada y dura, impenetrable. Una nueva pincelada, una renovada percepción de la luz y una sinceridad incorruptible, dejaron aberturas para mirar otros mundos como contenidos. En palabras de De Micheli, el nuevo tiempo abría sus mandíbulas en gesto de hambre de experimentación.


MÓNICA LÓPEZ VELARDE ESTRADA | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN



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