JOSÉ DE PÁEZ

y la bonanza novohispana
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La segunda mitad del siglo XVIII en la Nueva España estuvo marcada por tal auge económico, que la inminencia de los ánimos independentistas no podía augurarse. La minería permitió el crecimiento de otras áreas productivas como la agricultura, la ganadería y el comercio. La población aumentó, de igual forma que las expectativas criollas por una mayor participación en las decisiones y el gobierno del virreinato; en contraparte, la corona española buscaba mecanismos para asegurar el control político y económico. Aunque la Independencia se comenzaba a gestar, habría que esperar a la expulsión de los jesuitas en 1767 para que la rueda de la historia iniciara su giro.
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La década de 1750, que algunos estudiosos califican como el inicio de la patria criolla, se vivió en aparente calma. Los aristócratas y las órdenes religiosas contaron con suficientes recursos para la construcción de nuevos edificios, o para renovar los que ya existían. Fueron tan extensas las superficies por cubrir que además de las imágenes piadosas, el espacio para el retrato aumentó y dejó lugar para un tema, que aunque anterior, en su creciente popularidad anticipaba el surgimiento de la nación mexicana: la pintura de castas.

El número de encargos hizo que los talleres se ampliaran como antes no había sucedido y aún así, aquellos

artistas que no contaban con el reconocimiento del gremio pudieron trabajar con aparente libertad. En esta época de demanda abundante se desarrollaron Cabrera, Alzíbar y José de Páez, entre otros artistas.

Con respecto a otros maestros de su época, son pocas las noticias que sobre José de Páez nos han llegado, a diferencia de su legado artístico esparcido por todo el país y que alcanza otros, como Guatemala, Venezuela y Perú. Nació en la capital del virreinato, su padre fue Baltazar de Páez Maestro en el Arte liberal de leer, escribir y contar, cita Manuel Toussaint. Guillermo Tovar de Teresa dice que Nicolás Enríquez fue maestro de Páez, debido a las rela-



José de Páez
Inmaculada Concepción con los santos,
Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Luis Gonzaga, Estanislao de Kostka, Francisco Javier, Juan Francisco Regis y mártires jesuitas
(detalle)
1756
Óleo sobre lámina de cobre Marco de plata pavonada 43.4 x 34.1 cm

ciones sociales que Enríquez sostuvo con el padre del artista, dado que ambos aparecen como testigos de una boda en 1731. Tres años antes de realizar la lámina, el pintor se casó con Rosalía Caballero con quien tuvo cuatro hijos. La familia vivía en la calle de Pila Seca, hoy República de Chile en el centro histórico de la ciudad.


  Inmaculada Concepción
  San Ignacio de Loyola
  San Francisco de Borja
  San Luis Gonzaga
  San Estanislao de Kostka
  San Juan Francisco Regis
  San Francisco Javier
  Martires Jesuitas

Es posible que el artista haya trabajado en su taller de la Ciudad de México la mayoría de sus pinturas; los cuatro arcángeles del coro de Santo Domingo en Oaxaca exhiben la inscripción Jph de Páez fecit en Mexico. Sus obras se encuentran en muchos lugares de nuestro país, en Zacatecas, Aguascalientes, Jalisco, San Luis Potosí, Oaxaca y Ciudad de México. En general, tuvo encargos de una gran cantidad de imágenes religiosas para las distintas órdenes del virreinato de la Nueva España –el más rico de la corona– y para la sociedad, escudos de monja, retrato y pintura de castas. No se sabe si el artista viajó fuera, aunque sí se conoce la fama de su trabajo dadas las obras que de él existen en Venezuela, Guatemala y Perú. En estos lugares trabajó en su mayoría para los betlemitas.

SAN IGNACIO DE LOYOLA
RODEADO DE SANTOS JESUITAS

El reconocimiento social que gozaban los jesuitas en la Nueva España tenía una larga historia. Los primeros fueron enviados a la Nueva España en 1572 con el propósito de fundar colegios. En ellos, los aristócratas novohispanos y miembros de todas las castas, fueron educados desde los primeros niveles hasta la universidad, la orden tuvo un papel relevante. Había en el siglo XVIII en la Nueva España veinte colegios de la Compañía de Jesús distribuidos a todo lo largo de su territorio, desde Mérida hasta Chihuahua.

Las composiciones de grupos de jesuitas reunidos ante la Virgen o Cristo son más comunes en la estampa que en la pintura, se nota que la persona que realizó el encargo a Páez solicitó que en él aparecieran las figuras principales de la orden, protegidos por la Inmaculada Concepción y el Niño Jesús. Sobresalen en la obra san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier, conocidos como los soles gemelos de la Compañía de Jesús [Societatis Jesu Soles gemini]. Ambos usan vestimentas para oficiar.

Frente calva, nariz aguileña y barba mal rasurada, detalles del rostro de Ignacio de Loyola que Alonso Sánchez Coello popularizó en un retrato póstumo del santo realizado con base en una máscara mortuoria. Como fundador de los jesuitas se muestra al centro y sostiene un libro con la divisa de la orden, Ad Maiorem Dei Gloria –A la mayor gloria de Dios– y Regule Societatis Jesu, la regla de la Compañía. Ignacio conoció a Francisco Javier en la Universidad de París y fue uno de los siete con quien fundó la orden. El santo de Loyola lo envió a predicar en India, Japón y China, y debido a su éxito en la evangelización, san Francisco Javier fue conocido como el gigante de las misiones.

La Virgen Inmaculada y el Niño tienen esta belleza suave y luminosa que a Couto y Toussaint les parece dulzona en la pintura de Páez. A favor del pintor, Romero de Terreros afirma que su arte revela cierta facilidad del pincel. Acompañan a la madre y al hijo celestial, una corte de ángeles.

Hincado a la izquierda y venerando un crucifijo aparece san Luis de Gonzaga, a sus pies una corona, a la cual renunció en favor de su hermano dada su decisión de llevar vida monacal. Está vestido como novicio debido a que murió muy joven. A sus pies, otro de sus atributos, el lirio de la pureza.

San Estanislao de Kostka está orando de rodillas con el rostro hacia el cielo; arriba de él la Virgen, quien se apareció al muchacho en diversas ocasiones.

Del lado izquierdo de Ignacio de Loyola está Francisco de Borja, tercer general superior de la orden, quien envió a los primeros jesuitas a la Nueva España. Páez lo representó sosteniendo su atributo principal, una calavera coronada, que simboliza la decisión que tomó de renunciar al mundo cuando observó el cadáver de la reina Isabel.

Detrás de Francisco Xavier, sostiene su crucifijo San Juan Francisco Regis, el patrón de las misiones populares que trabajó en las ciudades con las clases menos favorecidas y que logró un gran número de conversiones entre los protestantes franceses.

A espaldas de los santos, tres jesuitas con palmas en las manos, representan a mártires de la orden. Marcus Burke, afirma que es probable que el pintor se basara en los grabados del flamenco Schelte A. Bolswert. En pocos centímetros, Páez plasmó las figuras principales de la Compañía de Jesús, fundamental en la Contrarreforma y en la conformación de la patria criolla.

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Al cierre de la presente edición, la Dra. Clara Bargellini recomendó se continuara con la investigación de esta obra. En este momento se realiza dicho estudio, cuyos resultados se publicarán en el futuro.

EVA MARÍA AYALA CANSECO | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN


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