IMÁGENES DE LA VIDA COTIDIANA:

usos y costumbres en la Nueva España
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Recrear la vista y el gusto con tanto de
bueno y exquisito como del reino y de
la Europa se les hace tangible y manifiesto
Fray Antonio de la Anunciación
El Carmelo regocijado

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El Siglo de las Luces se interesó particularmente por los espacios urbanos en donde coexistían los diversos sectores de la sociedad virreinal. La pintura echó mano del costumbrismo para retratar el quehacer cotidiano en relación a las fiestas, procesiones y paseos que podían dar cuenta de la idiosincrasia y tipología de los estamentos de la variopinta Nueva España.

Gustavo Curiel refiere sobre esto que los espacios públicos (plazas y calles) han sido escenario de las más variadas actividades, tanto de las asociadas con la manifestación del poder como de aquéllas relacionadas con las formas de comercio y socia-bilidad. Esta multiplicidad de usos y apropiaciones ha quedado plasmada en una abundante porción de cuadros, desde los siglos virreinales



Anónimo mexicano
Vista de la Plaza Mayor de México (siguiendo a Rafael Ximeno Planes)

c. 1797
Óleo sobre tela 94.5 x 140 cm


hasta nuestros días. En ellos, la procesión religiosa, el desfile de la autoridad civil o del caudillo triunfante y el mitin político comparten el espacio pictórico con los puestos de vendimia, los rituales del galanteo y los encuentros y desencuentros entre los distintos oficios y grupos sociales. La excepcionalidad del despliegue del poder o de su antagonización multitudinaria, vinculada a fechas concretas, convive así con la trivialidad del acontecer diario.

La Plaza Mayor de México, epicentro de dichos sucesos, fue multirreproducida a lo largo del período colonial. Acorde a los fines antes descritos, el anónimo mexicano Vista de la Plaza Mayor de México de 1797, siguiendo el grabado de José Joaquín Fabregat, recrea los usos y costumbres novohispanos –tan privilegiados por la mirada de la Ilustración– de las postrimerías del siglo XVIII.

Con admirable precisión dibujística, el autor trazó un plano de simetría radial a partir de la estatua ecuestre de Carlos IV, conocida desde entonces como El Caballito –obra del paradigmático Manuel Tolsá quien invistió al desventurado monarca de una gallardía y majestad que le fueron ajenas. En torno al balaustre de piso que la rodea, se yerguen las magníficas edificaciones de la Catedral Metropolitana, el Sagrario y los recintos públicos.

Un cielo azul pálido con nubes matizadas por el ocre del mediodía atestigua la pluralidad de pasajes costumbristas que suceden en la plaza. Vendedores, guardias, pordioseros, damas y gentiles hombres caminan –en su apacible devenir cotidiano– por el amplio espacio. Algunos interactúan y otros pasan de largo. Un carruaje en el segundo plano del ángulo derecho transita sin prisa por la adoquinada vía.

Es interesante recordar algunos de los principales cambios urbanísticos que experimentó el zócalo a lo largo de la colonia. Desde la traza española que adaptó la grandilocuente capital mexica a la visión ordenadora del Renacimiento, los palacios, templos y calles significaron la traslación de patrones arquitectónicos e ideológicos de la madre patria hacia las nuevas tierras americanas. El Barroco impuso su lógica de exuberante ornamentación que se equilibraría con la mesura de los cánones neoclásicos. Es ésta la imagen que Vista de la Plaza Mayor de México ofrece al espectador: una urbe de precisos y razonados ejes, que podría analogarse con el paradigma dieciochesco que representaron las grandes metrópolis europeas. La demarcación del Palacio virreinal y los portales en ambos costados de la plaza, recuerdan ese impecable urbanismo que le granjeó el título de Ciudad de los palacios por el viajero inglés Charles Joseph Latrobe.

Cabe recordar que nuestra metrópoli presenció, con el correr del tiempo, uno de los mestizajes más asombrosos de la América hispana. Peninsulares, criollos, mestizos, indios y castas trastocaron la antigua ciudad imperial azteca en un escenario donde se integraban diversos credos, razas y culturas. Fue así como la Plaza Mayor se revistió de un ritmo vital pulsante con el que pocas urbes del virreinato podían competir.

El tañido de las campanas de Catedral llamando a los fieles a misa, la algarabía de los comerciantes en El Parián o los aromas de los tecuascalis o puestos callejeros de comida nos remiten a esa peculiar dimensión en la que coexistieron los habitantes –amén de sus anhelos, gustos, tradiciones– de la muy leal y muy noble Ciudad de México.

Ladrón de Guevara, en una interesante reflexión del año 1983, escribió: Con todo, al finalizar el Siglo de las Luces la Ciudad de México tenía ya muchas zonas empedradas, algunas de sus calles habían recibido alumbrado público y poseía modernos paseos como el construido por el virrey Bucareli, avances urbanísticos que pocas ciudades del planeta poseían y que hacían de la capital del virreinato de la Nueva España, junto con su envidiable clima, un lugar muy agradable para vivir.

HÉCTOR PALHARES MEZA


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