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hasta nuestros días. En ellos, la procesión
religiosa, el desfile de la autoridad civil o del caudillo triunfante
y el mitin político comparten el espacio pictórico
con los puestos de vendimia, los rituales del galanteo y los
encuentros y desencuentros entre los distintos oficios y grupos
sociales. La excepcionalidad del despliegue del poder o de su
antagonización multitudinaria, vinculada a fechas concretas,
convive así con la trivialidad del acontecer diario.
La Plaza Mayor de México, epicentro de dichos sucesos,
fue multirreproducida a lo largo del período colonial.
Acorde a los fines antes descritos, el anónimo mexicano Vista de la Plaza Mayor de México de 1797, siguiendo el grabado de José Joaquín Fabregat, recrea los usos y costumbres
novohispanos –tan privilegiados por la mirada de la
Ilustración– de las postrimerías del siglo XVIII.
Con admirable precisión dibujística, el autor
trazó un plano de simetría radial a partir de
la estatua ecuestre de Carlos IV, conocida desde entonces como
El Caballito –obra del paradigmático Manuel Tolsá
quien invistió al desventurado monarca de una gallardía
y majestad que le fueron ajenas. En torno al balaustre de piso
que la rodea, se yerguen las magníficas edificaciones
de la Catedral Metropolitana, el Sagrario y los recintos públicos.

Un
cielo azul pálido con nubes matizadas por el ocre del
mediodía atestigua la pluralidad de pasajes costumbristas
que suceden en la plaza. Vendedores, guardias, pordioseros,
damas y gentiles hombres caminan –en su apacible devenir
cotidiano– por el amplio espacio. Algunos interactúan
y otros pasan de largo. Un carruaje en el segundo plano del
ángulo derecho transita sin prisa por la adoquinada vía.
Es interesante recordar algunos de los principales
cambios urbanísticos que experimentó el zócalo a lo largo
de la colonia. Desde la traza española que adaptó la grandilocuente
capital mexica a la visión ordenadora del
Renacimiento, los palacios, templos y calles significaron la
traslación de patrones arquitectónicos e ideológicos de la
madre patria hacia las nuevas tierras americanas. El Barroco
impuso su lógica de exuberante ornamentación que se
equilibraría con la mesura de los cánones neoclásicos. Es ésta la imagen que Vista de la Plaza Mayor de México ofrece al
espectador: una urbe de precisos y razonados ejes, que podría
analogarse con el paradigma dieciochesco que representaron
las grandes metrópolis europeas. La demarcación del
Palacio virreinal y los portales en ambos costados de la plaza,
recuerdan ese impecable urbanismo que le granjeó el título de Ciudad de los palacios por el viajero inglés Charles Joseph Latrobe.
Cabe
recordar que nuestra metrópoli presenció, con
el correr del tiempo, uno de los mestizajes más asombrosos
de la América hispana. Peninsulares, criollos, mestizos,
indios y castas trastocaron la antigua ciudad imperial azteca
en un escenario donde se integraban diversos credos, razas y
culturas. Fue así como la Plaza Mayor se revistió
de un ritmo vital pulsante con el que pocas urbes del virreinato
podían competir.
El
tañido de las campanas de Catedral llamando a los fieles
a misa, la algarabía de los comerciantes en El Parián
o los aromas de los tecuascalis o puestos callejeros de comida
nos remiten a esa peculiar dimensión en la que coexistieron
los habitantes –amén de sus anhelos, gustos, tradiciones–
de la muy leal y muy noble Ciudad de México.
Ladrón de Guevara, en una interesante reflexión
del año 1983, escribió: Con todo, al finalizar
el Siglo de las Luces la Ciudad de México tenía
ya muchas zonas empedradas, algunas de sus calles habían
recibido alumbrado público y poseía modernos paseos
como el construido por el virrey Bucareli, avances urbanísticos
que pocas ciudades del planeta poseían y que hacían
de la capital del virreinato de la Nueva España, junto
con su envidiable clima, un lugar muy agradable para vivir.
HÉCTOR
PALHARES MEZA
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