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| Naturaleza
humana: ¡con el alma los recibo! mas el llegar temerosa
es respeto en mí preciso, pues a tanto sacramento. A
misterio tan divino es muy justo que el amor llegue de temor
vestido. Auto sacramental el divino narciso
Sor Juana Inés de la Cruz |
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Del sincretismo
cultural de un pueblo parte mesoamericano, parte español,
siempre mestizo son resultado nuestras tradicionales ofrendas
mexicanas. El pasado cultural mexica heredó al virreinato
la vívida presencia de los que
se nos adelantaron, es decir, la idea –más
que de la exposición del cadáver– de plasmarlo
generalmente en pintura o escultura para tratar de retenerlos.
Ahora nos deleitamos con su evocación en panes con forma
de cráneos decorados con “huesitos” e incluso
en deliciosas calaveritas de azúcar, que con papelillos
metálicos (antes de oro) inscriben el nombre de nuestros
difuntos. Asimismo, elementos como el amaranto –símbolo
del cuerpo de los dioses–,o el cacao –sangre de
la divinidad– no pueden faltar en los altares. |
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Los cinco elementos
que constituyen al cosmos mesoamericano están presentes:
el fuego en los braceros
–hálito de los ancestros– y en el intenso
color del cempasúchil; el aire
en el copal –propiciador de una atmósfera contemplativa–, la tierra en granos de
maíz –carne de los hombres–; el agua
dadora de vida, ya sea pura en jarros, en jugo del maguey o
en atole de maíz; y el corazón
en aquel sentimiento que nos hace recordar y de alguna manera
traer del inframundo al espíritu de nuestros “guías
eternos”.
El cristianismo cobijó estas ancestrales manifestaciones
de la muerte. El Hijo de Dios se sacrificó por su comunidad
y esta ofrenda máxima tuvo en la cruz el arquetipo del
amor puro. En los espacios privados de los conjuntos conventuales
la experiencia mística llevó tanto al clero secular
como al regular a realizar ofrendas dedicadas a monjas y sacerdotes
que tuvieron una vida ejemplar. |
La imagen:
un último adiós |
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El Barroco de
finales del siglo XVII y principios del XVIII propició
el género de la muerte retratada. Así, en la celebración
de los fieles difuntos el 2 de noviembre se descolgaban los
cuadros de las celdas de los conventos y se reunían en
un altar con carácter popular. Las imágenes de
religiosas muertas representan el encuentro definitivo con Cristo.
Alma Montero en su artículo Pinturas
de monjas coronadas en Hispanoamérica señala
que para tal ocasión se ataviaba a las monjas como lo
habían hecho en el día de su profesión
de fe al entrar al convento. En este retrato, la concepciónista
porta una regia corona florida, emblema de que Cristo se posa
sobre su cabeza. Asimismo, cinco azucenas evocan su virginidad,
dos listones negros flanquean el almohadón rosado; un
medallón de oro con la imagen de la Inmaculada Concepción
de María sujeta su manto y, ligeramente desplazado, se
aprecia el escudo también con la protección de
la Inmaculada, como reina, de pie sobre la luna, con san José
–santo patrón de la Nueva España–
y un santo jesuita que sostiene una custodia, que incluso podría
ser un familiar de la religiosa. |
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En
la parte posterior del lienzo aparece una inscripción
en la que, gracias a la ayuda paleográfica de la historiadora
Monserrat Ugalde, conseguí el nombre de la retratada:
María Ygnacia. Su apellido no aparece y es complicado
saber más datos de la monja pues la cartela está
prácticamente borrada. Aún así, en el reverso
del cuadro se lee la conmovedora frase: Y
en seguida con ella me juntara en la mancion Celeste de reposo
su alma de virtudes llenas. |
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La posición
de la religiosa se asemeja a la del personaje en una pequeña
pintura que actualmente expone Museo Soumaya en Santuarios
de lo íntimo. Retrato en miniatura y relicarios.
La lámina de marfil representa a una carmelita que sujeta
a la manera más ortodoxa una palma y una vela extinta,
como apagada está la vida de la monja de sobrio manto
café. Asimismo, la delicada tiara refiere la inmortalidad
de la Iglesia que la corona. Entre estos diminutos retratos,
una monja concepcionista tiene un gesto solemne y sobrio, donde
la muerte se sugiere únicamente por los ojos cerrados.
Los frailes representaban de igual forma a sus hermanos en el
lecho de muerte. Esta pintura plasma a un joven jesuita de rostro
apacible con un delicado cuello bordado con hilos de plata y
las manos cruzadas en el regazo. Una expresión similar
a la del sacerdote se aprecia en otra miniatura con un cortinaje
develado, que anuncia el tránsito del alma del mundo
terreno al divino. Las diferentes técnicas para materializar
el tema hacen evidente la difusión de estas imágenes
por todo el virreinato e incluso en el México independiente. |
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Antonio
Rubial analiza en una serie de bulas emitidas por el papa Urbano
VIII en 1625, una de las razones por las cuales floreció
este lúgubre género pictórico: la finalidad
de promover la veneración de hombres y mujeres conocidos
por su santidad, y que aún no se iniciaba siquiera su
proceso de beatificación. América
no contaba con santos, pero los requería para la formación
de sus conciencias colectivas y para demostrar que las iglesias
americanas tenían los mismos derechos que las europeas.
Una vez que se buscaron los objetos que estuvieron en contacto
con los religiosos y conforme se hacía pública
su fama, hubo una demanda de sus retratos como parte de los
llamados rituales de esperanza.
Quienes mandaron pintar estos testimonios de fe fueron los familiares
del difunto y en mayor medida los mismos religiosos que reconocían
en sus hermanos el modelo de una vida recta |
y pura. Las imágenes se conservaban en la intimidad de la celda o
bien en los oratorios de las casas particulares, pero en ambos
casos las ofrendas eran dedicadas a ellos.
Encuentro con el tiempo infinito y desencuentro con el plano
material, aquí la fiesta de los fieles difuntos es una
invitación a los muertos para que estén con nosotros. |
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1.-Anónimo mexicano Retrato
de una monja carmelita muerta Segundo tercio del siglo
XIX Óleo sobre lámina de cobre62 x 83 mm Medallón
de Ormolú y vidrio biselado76 x 90 mm |
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2.-Anónimo mexicano Pequeño
Retrato de una monja concepcionista muerta Principios del
siglo XIX Óleo sobre cartón 54 x 36 mm Medallón
de plata vermeil y vidrio plano77 x 55 mm |
| 3.-Anónimo mexicano
Retrato de un religioso en su lecho de muerte Ca.1830
Gouachesobre lámina de marfil 39 x 47 mm Medallón
de plata con restos de dorado y vidrio ligeramente convexo 53
x 52 mm |
ALFONSO MIRANDA
MÁRQUEZ | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN |
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