LA
UNIÓN ESPECTRAL EN AUGUSTE RODIN |
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Hacia
1892, mientras que la tercera república francesa vivía
un cierto período de estabilización y de consolidación,
Auguste Rodin era considerado un gran artista que impulsaba
la creación de la Sociedad Nacional de Bellas Artes.
Como vicepresidente de la sección de escultura realizó
proyectos muy ambiciosos entre los que destacan Las puertas
del infierno. |
Conforme pasaba el tiempo y el
artista se sumergía en la mitología clásica,
lo que sería la puerta del Museo de Artes Decorativas
de París rebasó la idea original y piezas que
en un inicio surgieron sólo como parte de la unidad,
ahora se fragmentaban en obras acabadas.
El beso del fantasma a la joven fue una de las esculturas
que se exhibió en la decimocuarta exposición
del artista en el Salón de la Sociedad Nacional. Este espacio
se había convertido en el centro más importante
donde se presentaba la cultura, y cada pieza que ahí
se exhibía adquiría nuevas perspectivas ante
la mirada de los espectadores.
Los cánones grecolatinos marcaron con fuerza la creación
artística del mundo occidental. La belleza kantiana
trazó una línea entre la razón y la sinrazón,
donde el juicio se inclinaba hacia la ortodoxia de los siglos.
Sin embargo, a finales del XIX la balanza de la estética
cambió de un modo extraordinario, pues lo inacabado
–y aún lo que antes fuera considerado grotesco–
comenzó a ser sinónimo de liertad, fluidez y
éxtasis.
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Auguste Rodin
El beso
del fantasma a la joven
Ca. 1892
Bronce
26.5 x 60 x 23.8
cm |
Aunque para
la academia esto significara imperfección, en el ambiente
parisino se respiraba el tránsito hacia un abismo donde
la creación artística caía en el registro
de lo sublime. Eugenio Trías afirma que dicho vacío
es “el piélago profundo, la hoguera siempre
ardiente, [...] la luz cegadora, la luz potentísima que
es de hecho y de derecho la tiniebla”. Para Rodin,
la estética iba más allá de los cánones
tradicionales de la belleza. Lo sublime podía ser despertado
por objetos naturales sensibles que tradicionalmente eran vistos
a partir de los parámetros de la fealdad. Así,
las rocas podían hablar y recrear mundos insospechados,
donde la imaginación encontraba una veta hacia la invención
de himnos a la hermosura.
Esta escultura puede leerse como la unión de labios que
develan un amor. Sensualidad encarnada en un ángel fugitivo
que, según la Mitología de Ovidio, atrapa
de manera fugaz a su amada. La beldad rendida se funde en un
encuentro caprichoso que embelesa.
Rodin plasmó la infinitud a través de cuerpos
inacabados. Cabelleras que se funden y confunden con la materialidad
del bronce a la vez que lo ennoblecen, y por momentos hacen
desaparecer la rudeza del metal helado.
Según Fernando Gutiérrez, estudioso de la obra
del controvertido poeta Charles Baudelaire, el poema La cabellera es un testigo maravilloso de esta pieza, e incluso es probable
que el escultor fuera la fuente de inspiración de estos
versos capaces de encontrar el giro necesario para vestir de
nuevos matices a las formas:
Puerto sonoro donde mi alma puede
beber a oleadas el perfume, el color y el sonido, en donde los
bajeles por el moaré y el oro abren sus grandes brazos
para abrazar la gloria de un cielo puro donde tiembla el calor
eterno. |
De la roca emergen los sentimientos
y la unión fugitiva es ahora un encuentro entre lo
finito de las representaciones humanas y lo infinito que nos
refiere a la expresividad sensible del momento. Espacio y
tiempo detenidos entre las alas de un ángel caprichoso
que abraza a la joven yaciente. Éxtasis en el ardor
de la entrega en un tema mitológico tratado con el
sentimiento y fuerza de la era que generó un universo
pleno.
El deleite y la sensualidad de los cuerpos conlleva el simbolismo
platónico, pero también el aristotélico.
Lo etéreo del mundo de las ideas, desciende al plano
de la realidad en un ángel que encarna ideales absolutos.
El “no-todo” ahora se puede comprender de una
mejor manera. Rodin logró una extraña armonía
entre movimiento y reposo, entre aventura y sedentarismo.
Lo terso de los cuerpos –en contraste con lo áspero
de la roca– devela una historia. Mientras la joven recibe
recostada a su amante, el ángel ostenta la agilidad
y lo vigorizante del amor correspondido. Como refiere Ovidio,
el beso en el que se funden es un beso robado, que hace de
esa intensa relación el modelo de la alianza entre
el espíritu y el cuerpo. La joven levanta una pierna
e inhala como si fuera la última bocanada de aire que
recibiera. Incluso se sostiene de la base para no irse por
completo en la humedad del beso, y la sensualidad inmaterial
envuelve los cuerpos en una mística majestuosa.
Aquí está el borde de la expresión. Desde
este marco podemos resignificar la obra de Rodin y ver que
existe algo que nos rebasa, algo que no es aprehensible y
que hace que nuestra mirada quede atrapada en los acentos
musicales de la pieza. Al ocultar parte de lo que debiera
ser visto, Rodin nos remite al ámbito absoluto que
por ser tan pleno nos lleva al éxtasis, y vemos que
la gracia en la figura de la joven se confunde ante la voluptuosidad
del ángel. La timidez se olvida cuando la visión
espectral logra trascender espacios y tiempos comunes, para
referirnos a ese escape donde la obra domina y el espectador
se rinde en sumisión.
Si nos concentramos en esa marca de agua, sello pasional del
poeta de las formas, podemos escuchar otros versos de La cabellera de Baudelaire que parecen disolverse entre ángeles,
doncellas y rocas:
Te
adoro como adoro la bóveda nocturna oh mi gran taciturna,
oh vaso de tristeza. y tanto más te amo, bella porque
me huyes y porque me pareces, adorno de mis noches, acumular,
irónica, las leguas que separan de las inmensidades
azules a mis brazos.
De nuevo vemos un momento que se agota.
No podemos imaginar lo que conlleva el final de este encuentro
sublime ¿se repetirá?... Quizá nunca,
o más bien siempre, en la memoria de los siglos, en
esos dos cuerpos que representó Auguste Rodin.
El beso del fantasma a la joven marca con pasión
la apertura del año que celebra la primera década
de Museo Soumaya. La energía y la emoción cambian
la mirada, para ver la muestra de una manera diferente, capaz
de crear una atmósfera íntima donde el goce
del espectador pueda experimentar las maravillas del arte
y la grandeza del ser humano.
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ALFONSO MIRANDA
MÁRQUEZ CURADURÍA E INVESTIGACIÓN |
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