De juguetes: ensueños de abuelos
________________________________________________________________________________



[los juegos de té] Eran considerados como ornamentos de prestigio social. Sin embargo. Su influencia fue decisiva en los juguetes que acompañaron a las hijas y nietas de quienes sólo veían detrás del cristal estos finos objetos.

PARA REALIZAR UN JUGUETE SE NECESITA UN EJERCICIO DE OBSERVACIÓN Y UNA RICA FANTASÍA, QUE ES EL ALMA DE LOS SUEÑOS. lOS OBJETOS COTIDIANOS DEL MUNDO ADULTO HAN SIDO REPRESENTADOS EN EL IMAGINARIO DEL JUGUETERO; ASÍ, ESTAS PIEZAS DEL MUSEO SOUMAYA SE TRANSFORMARON EN INGENIOSOS Y ENTRAÑABLES AMIGOS DE LOS NIÑOS.

Los juguetes mexicanos tienen las más ricas raíces, que van desde el pasado mesoamericano –con su amplia y compleja producción en miniaturas que emulaban lo que sucedía en el mundo–, hasta la herencia europea que asimiló las disímbolas culturas orientales y africanas, y claro, las que resultaron de las vivencias de una cultura nueva.

La Conquista trajo innovaciones tecnológicas que en el virreinato se resignificaron con base en las concepciones prehispánicas. En el caso de los juguetes, los intensos colores americanos iluminaron a las muñecas, y a las finas porcelanas se sumaron modestos materiales como el cartón. Mejillas chapeadas y vestidos pintados sobre el torso conviven hasta hoy con juguetes de barro, madera, hojalata, trapo, palma, vidrio, hueso, etc.


Anónimo novohispano
Niños músicos con base

Siglo XVIII Madera tallada,
policromada y encarnada 20 x 31 cm, todo el conjunto

Estas atractivas manifestaciones de la segunda mitad del siglo XVIII –aunque en estricto sentido no son juguetes– nutrieron el juguete decimonónico.

La talla en madera de estos tres músicos, encierra el complejo mosaico social novohispano. El mundo español se puede apreciar en los personajes de la derecha y la izquierda. Dentro de esta clase había divisiones; el joven de piel blanca, vestido con casaca rojiza de decoraciones doradas, pantalón corto verde, calzas blancas y que toca la guitarra, representa al peninsular, es decir, al español nacido en la Península Ibérica. El muchacho que toca la vihuela, de piel menos clara, porta un jubón blanco, pantalón corto rojizo y calzas grises. Debido a que peina una coleta y en general a todo el ajuar –el cual difícilmente podía poseer otra casta de la sociedad– podemos identificarlo con el español nacido en América, o criollo. En medio se encuentra un niño negro, con saco corto en ocre, camisa blanca, pantalón corto gris y calzas rojas; por el movimiento de los brazos es probable que haya tenido un pandero, pero debido a la potente voz y al alegre carácter de la raza, aquí evidenciado en una grácil postura, también inferimos que era el cantante del trío. Las figuras usan zapatos negros con delicadas hebillas pintadas y sus instrumentos musicales están representados con minucia. La vihuela, que se difundió en la Nueva España durante la segunda mitad del siglo XVII, consta de cuatro cuerdas, y en la parte posterior presenta finas decoraciones en negro. La guitarra cuenta con sus seis cuerdas y clavijas, además tiene incrustaciones de concha, que dan al emblemático instrumento ibérico cierto gusto novohispano. Esta atractiva composición, como señala Alejandro de Antuñano, quizá pudo haber formado parte de un Belén, que eran ricos en figuras y elementos: desde la tribuna los músicos festejaban con notas de devoción la gloria de Jesús.


La influencia de estas piezas fijas derivó en múltiples muñecos del siglo XIX, que con el tiempo se articularon. El gusto por los niños músicos permeó otros materiales como el latón, el vidrio y el barro. Estos objetos estaban dedicados para los varones; así, las flautas, violines y tambores que tocaban los infantes, también eran ejecutados por sus juguetes favoritos.

Para las niñas, un grato abanico fantástico se abría entre casas de muñecas y reproducciones en miniaturas de muebles, escobas y cazos. Pronto, el juego de té se convirtió en uno de sus consentidos. Estos curiosos objetos, como afirma Isabel Marín de Paalen en Etno-Artesanías y Arte Popular, decoraban las vitrinas de las casas de familias opulentas de la Nueva España. Eran considerados como ornamentos de prestigio social, sin embargo, su influencia fue decisiva en los juguetes que acompañaron a las hijas y nietas de quienes sólo veían detrás del cristal estos finos objetos.

El pequeñísimo juego de té recuerda la ancestral tradición oriental de beber infusiones, difundida por portugueses y holandeses en la Europa del siglo XVII. También es muestra del finísimo trabajo del Cristal de La Granja, que tiene su origen en la pericia de Ventura Sit y Carlos Sac, dos expertos catalanes que habían ejercido su difícil oficio en la factoría de Nuevo Baztán. Dada la gran demanda de cristales para cubrir los vanos de los nuevos palacios reales y la creciente variedad de objetos elaborados con este material, Felipe V y su esposa Isabel de Farnesio fundaron la Real Fábrica de Cristal de San Ildefonso de La Granja, que pronto se convirtió en el productor del mejor cristal europeo, incluso superior al checo.

Este magnífico y bien conservado juego pertenece a la peculiar variación de cristal de leche, a partir de silicios que le dan un color blanquecino. Lo hacen aún más atractivo las finas decoraciones en oro al fuego, de clara influencia francesa por los roleos y la flor en forma de aspa, que caracterizaron el gusto de la familia Borbón.

La miniatura consta de tetera, lechera, azucarera, candelero, bombonera para colocar las pastas y cuatro juegos de taza con plato. Resalta el fino calado de la base de la azucarera, así como las aplicaciones del mismo cristal en el fuste del candelero. Retomamos la disposición de las tazas en forma semicircular sobre la mesa, de la tradición inglesa del siglo XVIII recreada por Daniel Rubín de la Borbolla en su artículo Los objetos de la vida diaria: “el fuego de la vela es opuesto a la materia del azúcar y en medio los bombones y galletas dan vida al ritual de la hora del té”.

El ensueño que representan estas manifestaciones de finales del siglo XVIII, nos trasportan a tierras fantásticas, donde el “Nunca jamás” adquiere un matiz más allá de la simple y llana doble negación.

________________________________________________________________________________
ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

Regresar