El
PALACIO DE LOS AZULEJOS: LUGAR DE HISTORIAS NACIONALES
CIEN AÑOS DE SANBORNS |
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Pieza
del mes en Plaza Loreto |
Antonio Gómez
R.
Qué tiempos aquellos (Detalle)
Sin fecha
Óleo
sobre tela 150 x 120 cm
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Revestido
de cerámica vidriada poblana, la Casa de los Azulejos
nos ofrece una espectacular portada que da a una de las calles
más reputadas del Centro Histórico: Madero, antigua
calle de plateros o san Francisco, según se prefiera
tomar uno de los senderos de nuestra historia: la mercantil
o la religiosa. |
Muy temprano,
la calle de Plateros fue “principal”; su primer
residente, Hernán Cortés. En 1638 el virrey
ordenó que todo el que se dedicara a labrar o vender
oro y plata, batihojas y tiradores, tuviera ahí sus
tiendas. Una de las aceras de Plateros lindó con el
primer convento de América, establecido por la orden
de los Franciscanos. Más adelante en esta avenida vivió
Iturbide –como emperador– en el palacio que lleva
hoy su nombre. En 1914 este corredor fundamental a la Plaza
Mayor cambió de nombre, bautizado por Villa, quien
tomó una escalera y puso la placa con el de Francisco
I. Madero en homenaje al prócer que el primer día
de la Decena Trágica, rumbo a Palacio Nacional, caminó
por Reforma, pasó por Plateros y llegó a su
destino.
Desde las puertas de la Sorpresa
Hasta la esquina del Jockey Club,
No hay española, yanqui o francesa,
Ni más bonita ni más francesa.
Que la duquesa del Duque Job
MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA |
Madero fue el paseo de la capital mexicana que contó
primero con alumbrado eléctrico, el primer cine y la
primera fuente de sodas.
El café más importante del siglo XIX: La Concordia.
La primera pastelería de El Globo, con su elegantísimo
salón de té donde los meseros vestían
de frac y corbata blanca. Fue cita de aquéllos que
buscaban las tiendas de paraguas más acreditadas, de
los famosos sombreros Tardan y de la Librería Madero.
Más tarde, en la primera mitad del siglo XX, dirección
donde encontrar los restaurantes más concurridos: Lady
Baltimore, Maison Dorée y Sanborns. La famosa casa
número 10 de la primera calle de San Francisco (hoy
Madero) conocida —desde el siglo XVIII— como los
Azulejos es el Sanborns más ilustre del país,
y este mes la empresa está festejando su primer centenario.
En Madero está la casa de los condes del Valle de Orizaba, menos hermosa que el Palacio de Iturbide, pero más viva.
Su dueña decidió revestirla enteramente de azulejos.
Hacer de la decoración interior del baño o una cocina, el exterior de un Palacio, es algo mas que un capricho.
Es una victoria de la pasión sobre el llamado buen gusto. Un verdadero strip-tease arquitectónico.
OCTAVIO PAZ
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El edificio tiene una historia larga e interesante: Dos casas
en un principio, cuentan que fue refugio de partidarios de
Hernán Cortés. Su primer dueño, Hernando
de Ávila. En 1550 es comprada por Damián Martínez
al precio de cinco mil pesos de oro de mina. Antigua residencia
de los condes de Valle de Orizaba es, en palabras de Octavio
Paz, testimonio de la victoria de la pasión sobre el
llamado buen gusto, cuando en el siglo XVIII es revestido
completamente su exterior con mosaicos policromos.
A partir de 1881 será el famoso Jockey Club que representó
la avenida más elegante del porfiriato. Vivienda aristocrática
hasta 1870, más tarde la habitarán los Yturbe
Idaroff, familia de la que proviene nuestra escritora Elena
Poniatowska.
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Declarada monumento
nacional en la década de los treintas, la Casa de los
Azulejos había iniciado ya una nueva historia a principios
del XX. En 1903, Frank Sanborn instala en un pequeño
local de la calle de Filomeno Mata un innovador concepto de
fuente de sodas y droguería: Sanborns American Pharmacy.
Desde 1919 es el Palacio de los Azulejos su casa matriz. Patrimonio
histórico por su origen y protagonismo en la antigua
traza de la ciudad de México, la Casa de los Azulejos
es de una monumentalidad artística notable: más
aún cuando la contemplamos en compañía
de otros palacios del centro histórico: el de Bellas
Artes y el de Correos. Barroca en su estructura, llena de leyendas
y anécdotas en su interior, es un dechado de artes aplicadas
de primer nivel con cerámica, piedras labradas, fuentes,
guardapolvos, herrerías y resguardo de dos singulares
murales: Pavorreales del rumano Palcologne, de 1918, y Omnisciencia,
realizado en 1925 por José Clemente Orozco. Lugar de
tertulias, de fotos legendarias, de vida cotidiana, el Sanborns
de los Azulejos ha sido testigo del paso de pintores, escritores,
actores, poetas, revolucionarios, y de nosotros. Símbolo
del ambiente cosmopolita de la primera mitad del siglo XX, en
el XXI hay quienes afirman que la mejor vista que queda hoy
del centro histórico es, sin duda, la del bar de los
Azulejos.
Vicente
Morales
Adiós Nicanor
1946
Óleo sobre tela
100 x 80 cm
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¡Qué tiempos aquellos! Galas de México
fábrica de imágenes perdurables La imprenta más
grande de calendarios mexicanos en el siglo pasado creó,
a partir de los treinta, un catálogo de imágenes
impregnadas de un espíritu nacional. Los cromos de Galas
de México adornarían por tres décadas cocinas,
salas, recámaras, oficinas, negocios, talleres y altares
de todo el país. La fábrica de Santiago Galas
distribuyó, en un periodo de tres décadas, millares
de representaciones venidas de una práctica pictórica.
Dentro de sus instalaciones se estableció un estudio
para que un grupo de artistas –contratado por tiempo o
por obra– produjera las pinturas originales a partir de
la cuales se harían las imágenes de los cromos.
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De
esta manera, Galas de México contó entre 1930
y 1960 con una extensa nómina de pintores: Jesús
de la Helguera, Jorge González Camarena, Jaime Sadurní, Armando
Drechsler, Luis Améndolla, Josep Renau, Chávez
Marión, Eduardo Cataño, Roberto Montenegro, Humberto
Limón, Aurora Gil, Ángel Martín y Antonio
Gómez R., entre otros. Así, a principios del siglo
XX los pintores de calendario modelaron con sus obras una parte
de la identidad nacional, con contenidos comerciales, atractivos
y vivaces; volvieron “coquetas” a sus modelos, que
vendían todo tipo de productos, y recrearon rostros y
escenas famosas, muchas de ellas tomadas del anecdotario de
la patria, del cine nacional y hollywoodense y de la historia
de México. De esta forma, durante los primeros dos tercios
de ese siglo, los mexicanos han mirado y guardado en su memoria
visual, una expresión colorida y ensoñadora. |
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En los felices años del polisón… Con el
tiempo y la gran distribución que alcanzó la imprenta
Galas de México –junto con otras compañías
litográficas como La Enseñanza Objetiva y Lito
Offset Latina– se conformaría un compendio de utopías
a domicilio, prefiguraciones de “lo nuestro”, recuperación
de lo que nos hemos dicho a través de sueños imaginados
en formas y colores; recolección de iconos terruños
y transfronterizos; abreviación de objetos íntimos
y modestos adornos. Por mucho tiempo nos recreamos a través
de estas imágenes. Al gusto del cliente, del comerciante
y del impresor, los pintores de calendarios recrearon, sobre
todo, temas como el pasado prehispánico, los héroes
nacionales, las tradiciones mexicanas, el cine, la afición,
la religión y el humor.
En 1941, la cinematografía
nacional –en plena época de oro– estrenaba
uno de sus clásicos: ¡Ay qué tiempos aquéllos
señor don Simón! Estelarizada por Joaquín
Pardavé, esta película perduró en la mente
de los connacionales que la vieron y recordaron con nostalgia
una época que se mostró en paz y bonanza. Eran
los tiempos de don Porfirio, el de los felices años del
polisón.También días en que las mujeres
guardaban luto por más de un año con vestidos
negros, con la blusa corrida hasta lo oreja y la falda bajada
hasta el huesito. Don Simón era presidente honorario
de la Liga de las buenas costumbres y asiduo asistente del Teatro
de los Héroes, donde todas las noches había un
atrevido espectáculo de baile can-can. Antonio Gómez
R., –junto con Pedro Guzmán León, de los
primeros y más importantes autores de pinturas para calendarios–
nombra su obra como la celebrada película. |
En
un lienzo de gran formato una pareja dentro de una carroza se
encuentra en la esquina de Plateros y San Juan de Letrán,
al fondo se ve la Casa de los Azulejos. Destaca la sonrisa de
ambos y la mirada franca de ella al espectador. También
el atuendo: él de traje negro, guantes, sombrero de copa
y bastón mira a la mujer que feliz luce un vestido de
calle con crinolina, zapatos y sombrilla de encaje con moños
en el mismo tono azul cobalto. Pasean por el centro de la ciudad.
Están disfrutando de un México que, al decir de
los abuelos, “se nos fue”.
“Que lo diga si
no don Simón”.
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Casimiro
Castro
Álbum México y sus alrededores
Lámina
Plaza de Morelos. Antigua Plazuela de Guardiola Litografía
a color Col. Centro de Estudios de Historia de México Condumex
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Mònica
Lòpez Velarde Estrada. Curaduria e investigaciòn. |
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1.-Antonio Gómez
R. Qué tiempos aquellos (Detalle) Sin fecha Óleo
sobre tela 150 x 120 cm
2.-Vicente
Morales Adiós Nicanor 1946 Óleo sobre tela
100 x 80 cm
3.-Casimiro
Castro Álbum México y sus alrededores Lámina
Plaza de Morelos. Antigua Plazuela de Guardiola Litografía
a color Col. Centro de Estudios de Historia de México Condume
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MOMENTOS
DE JUAN SORIANO (FRAGMENTO) |
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Pieza
del mes en Plaza Cuicuilco |
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Juan Soriano
Apolo con peces
(detalle)1987 Óleo sobre tela 130.8 x 100.4 cm |
Juan Soriano, el pájaro
entumido de ayer, se ha echado a volar. Está en pleno
vuelo. Al verlo perderse entre nubes que flotan como archipiélago,
reaparecer en un recodo del cielo, volverse a perder en un
golfo azul, nos preguntamos: ¿caerá, regresará,
se romperá las alas, lo quemará el sol? Y mientras
nos hacemos estas preguntas, el poeta, el pintor, va dejando
caer sus cuadros, como quien deja caer frutos cortados en
la altura: el torso roto del mar, un pedazo de cielo campestre
donde "pace estrellas" el toro sagrado, un manojo de
serpientes solares, la isla de Creta, otra isla sin nombre,
un fragmento de sol, otro fragmento de otro sol, el mismo
sol, el sol. El amarillo triunfa; el azul edifica palacios
verdes con manos moradas; el rojo se extiende como una marea
de gloria; el amarillo de nuevo asciende como un himno. Oleadas
de vida, oleadas de muerte cálida. La materia es dichosa
en su esplendor perecedero, el espíritu se baña
en la dicha solar de este minuto. Hermosura del instante,
máscara del día cuajada en transparencia y temblor
detenido. Una gota de agua resbala sobre la piel color de
astro. Veo a través del instante un remolino dorado
de formas que se hunden y resurgen más tarde como cabelleras
o espigas, columnas o cuerpos, peces o dioses. ¿Y hemos
de morir, ha de acabar este minuto que late como un corazón?
La muerte nos mira; su mirada es terrible, pero no se burla
ni nos aplasta. El fuego y el agua se mezclan. El surtidor
solar no cesa de manar. Apenas caben en el cuadro tantas riquezas:
¿estallará esta pintura en una explosión
de vida?
OCTAVIO PAZ, LOS
PRIVILEGIOS DE LA VISTA, 1989
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