Concepción Lombardo, luego de completar los Ejercicios espirituales en el Convento de Belem de la Ciudad de México, decidió rechazar a su prometido:
Al dia siguiente de mi salida fue Perry á visitarme, y sin perder tiempo le comunique mi resolucion, pero él se hechó á reir, y me d/ijo, que eran tonterias que me habian metido en la cabeza los Padres de los ejercicios. Cuando bolvió dos dias despues, le bolví á hablar en el mismo sen/tido, y le dije que estaba yo firmemente resuelta á no casarme con él sino cambiava de religion y se hacia catolico; entonces no se puso á reir, sino que se enfureció hechando pestes contra los Padres, contra la confecion, y contra los Ejercicios […] Asi pasamos barios dia[s] en con/tinuos disgustos y frecuentes conferencias con el Padre Pinzon, que no sabia que partido tomar. El Domingo de aquella semana me fui muy temprano á comulgar á la Yglecia de la Santísima Trinidad, a donde estaba expuesto el Sacramento, habia sermón y me quise quedar á él; cual seria mi sorpresa el ver aparecer en el púlpito al padre Abolafía director de los Ejerci/cios! ¡que consuelo sintió mi corazón! Me pareció ser aquello una gracia especial que el cielo me ha/cia. Terminando el sermon, corri á la Sacristia y conté al Padre las luchas en que estaba con Perry, el disgusto de mis hermanas y la perplejidad del padre Pinzon. “Huya usted, hija mia, huya usted, me dijo, es el único medio de salvacion”; bolvi á mi casa y me encontré con que mis hermanas habian salido; aprovechando esta oportunidad, hise volen/tamente un paquete con una poca de ropa blan/ca, metí allí mi musica y lo mas necesario para toilete y llamé á doña Ygnacita que era una señora que teniamos en casa para acompañar/nos cuando salia una de nosotras sola.
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“¿A dónde bamos? me preguntó” “Á llevar este paquete á mis tias las monjas”1; con mi pequeño equipa/je, nos dirigimos al convento de la Encarnacion que estaba á pocas cuadras de nuestra casa; al llegar allí, me diriji á la Madre Elena Corral que era portera, y le supliqué me llamara á la Madre Abadesa; pocos momentos despues ba/jó esta, y le dije, “Madre, abrame usted le ruego, por/que quiero entrar ahora mismo; teniendo ya el permiso en regla, no hiso la menor difi/cultad y abrió; yo atravesé el umbral de la puer/ta llena de emocion; pero con inmenso gozo de mi alma, por encontrarme en aquel puer/to de salvacion. La abadesa me estrechó cariño/samente en sus brasos, luego lo hisieron las o/tras monjas porteras, y con efucion y gran ca/riño, me abrasó mi tia, la Madre Elena, que era mi confidente, y sabia la lucha que estaba yo sos/teniendo. Cuando doña Ygnacita mi acompañante, me vio entrar allí, se quedó pasmada, y no sabia que de/cir; pero yo al despedirme de ella, la tranqui/lize y le rogué dijese a mis hermanas que me perdonasen, y que me enviasen ropa. El Convento de la Encarnacion era uno de los mas grandes y ricos de la Capital; el patio prin/cipal era espacioso y estaba rodeado de anchos corredores cubiertos, sostenidos por graciosas columnas; en el centro habia una gran fuente poblada de inumerables pescados, que las monjas domesticaban tomandolos en las ma/nos y acariciandolos cuando los metian en la fuente […]. Los patios del convento, mas ó menos grandes, pasaban de ocho y por todas partes se encon/traban graciosas capillitas. Yo pasé barias semanas sin conocer el convento y cuando an/daba por él sola, con toda seguridad me perdia. Cada monja tenía dos, ó tres piesas y una cocina pues generalmente vivian dos ó tres juntas. La regla de las monjas era de las Concepcionis/tas […]. |