ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | DIRECCIÓN

Concepción Lombardo, luego de completar los Ejercicios espirituales en el Convento de Belem de la Ciudad de Méxi­co, decidió rechazar a su prometido:


Al dia siguiente de mi salida fue Perry á visitarme, y sin perder tiempo le comunique mi resolucion, pero él se hechó á reir, y me d/ijo, que eran tonterias que me habian metido en la cabeza los Padres de los ejercicios. Cuando bolvió dos dias despues, le bolví á hablar en el mismo sen/tido, y le dije que estaba yo firmemente resuelta á no casarme con él sino cam­biava de religion y se hacia catolico; entonces no se puso á reir, sino que se enfureció hechando pestes contra los Padres, contra la confecion, y contra los Ejercicios […] Asi pasamos barios dia[s] en con/tinuos disgustos y frecuentes conferen­cias con el Padre Pinzon, que no sabia que partido tomar. El Domingo de aquella semana me fui muy temprano á comulgar á la Yglecia de la Santísima Trinidad, a donde estaba expuesto el Sacramento, habia sermón y me quise quedar á él; cual se­ria mi sorpresa el ver aparecer en el púlpito al padre Abolafía director de los Ejerci/cios! ¡que consuelo sintió mi corazón! Me pareció ser aquello una gracia especial que el cielo me ha/cia. Terminando el sermon, corri á la Sacristia y conté al Padre las luchas en que estaba con Perry, el disgusto de mis hermanas y la perplejidad del padre Pinzon. “Huya usted, hija mia, huya usted, me dijo, es el único medio de salvacion”; bolvi á mi casa y me encontré con que mis hermanas habian salido; aprovechando esta oportunidad, hise volen/tamente un paquete con una poca de ropa blan/ca, metí allí mi mu­sica y lo mas necesario para toilete y llamé á doña Ygnacita que era una señora que teniamos en casa para acompañar/nos cuando salia una de nosotras sola.

 
“¿A dónde bamos? me preguntó” “Á llevar este paquete á mis tias las monjas”1; con mi pequeño equipa/je, nos dirigimos al convento de la Encarnacion que estaba á pocas cuadras de nuestra casa; al llegar allí, me diriji á la Madre Elena Corral que era portera, y le supliqué me llamara á la Madre Abadesa; pocos momentos despues ba/jó esta, y le dije, “Madre, abrame usted le ruego, por/que quiero entrar ahora mismo; teniendo ya el permiso en regla, no hiso la menor difi/cultad y abrió; yo atravesé el umbral de la puer/ta llena de emocion; pero con inmenso gozo de mi alma, por encontrarme en aquel puer/to de salvacion. La abadesa me estrechó cariño/samente en sus brasos, luego lo hisieron las o/tras monjas porteras, y con efucion y gran ca/riño, me abrasó mi tia, la Madre Elena, que era mi confi­dente, y sabia la lucha que estaba yo sos/teniendo. Cuando doña Ygnacita mi acompañante, me vio entrar allí, se quedó pasmada, y no sabia que de/cir; pero yo al despedirme de ella, la tranqui/lize y le rogué dijese a mis hermanas que me perdonasen, y que me enviasen ropa. El Convento de la En­carnacion era uno de los mas grandes y ricos de la Capital; el patio prin/cipal era espacioso y estaba rodeado de anchos corredores cubiertos, sostenidos por graciosas columnas; en el centro habia una gran fuente poblada de inumerables pes­cados, que las monjas domesticaban tomandolos en las ma/nos y acariciandolos cuando los metian en la fuente […]. Los patios del convento, mas ó menos grandes, pasaban de ocho y por todas partes se encon/traban graciosas capillitas. Yo pasé barias semanas sin conocer el convento y cuando an/daba por él sola, con toda seguridad me perdia. Cada monja tenía dos, ó tres piesas y una cocina pues generalmente vivian dos ó tres juntas. La regla de las monjas era de las Concepcionis/tas […].


El numero de las religio/sas en aquella epoca era de cinquenta y ocho entre profesas y novicias y el de las cria­das pasaba ese numero, pues algunas monjas te/nian mas de una. Las niñas eramos unas quince ó beinte las mas jovenes eramos una señorita Lupe Reyna y yo. Las monjas eran todas de las principales familias de la Capital y de los Estados, en­tre ellas estaba una hermana del General Santanna, una hija de mi padrino de Bautis/mo don Antonio Esnaurrizar, una madre Gamboa, señora distinguidisima, mis dos tias Co/rra­les y otras que seria largo de enumerar. Cada monja llebava una dote de diez mil pesos y ademas los gastos de entrada […] pero lo que mas encantaba alli era la bondad, la amabilidad y el señorio de aquellas Religiosas […]. En el pecho llebavan un gran medallón en forma circular de mas de quince cen­timetros de grandesa, en el cual estaba pintada sobre placa de cobre la Imagen de la Santísima Trinidad coro/nando á la Purisima Concepcion de Maria esto era de pracmatica; pero habia otras figu/ras de diferentes Santos, según la devocion de cada monja que ellas elegian al profesar.

 

Con este cambio de dirección en la vida de doña Concha iniciamos este año bicentenario. Huyendo de Perry sin decirle aún nada, a los pocos días la joven con su carácter jovial y buen humor conquistó a todo el convento de la Encarnación.


1Hijas de Carmen, una hermana de la abuela materna de Concepción Lombardo

Memorias manuscritas de Concepción Lombardo de Miramón, “Capítulo III °: Mi juventud, quienes fueron mis verdaderos maestros. Tenancingo, Querétaro, vuelta á México”, Fondo DCCCII-2, t. 1, 1859-1917. Colección del Centro de Estudios de Historia de México CARSO.

La paleografía es autoría de quien escribió este artículo; es literal y respeta la ortografía del documento primario. Las abreviaturas se han desatado y para indicarlas se han subrayado. Las diagonales indican cambio de renglón.

[1] Pedro Gualdi, atribuido | Claustro del convento de La Merced | Segunda mitad del siglo XIX | Óleo sobre lienzo |54 x 73 cm

 
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