HÉCTOR PALHARES MEZA | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

 

Henri Lebasque […] plasma, con pinceladas que semejan ca-ricias, la ternura luminosa de la piel de su modelo.

 

JAIME MORENO VALENZUELA*


EL MOVIMIENTO

1874 sería definitivo para la plástica moderna de occidente. En aquel año un grupo de jóvenes creadores –encabezados por los pintores Claude Monet, Alfred Sisley y Pierre-Auguste Renoir–presentaron sus obras ante la consternación del público parisino. Para la investigadora Christa Von Lengerke: La fascinación por el estímulo efímero de los breves instantes, la observación y la reproducción de colores y superficies cambiantes bajo el influjo de la luz natural, se convirtieron cada vez más en la concepción fundamental de sus creaciones.

Este nuevo lenguaje plástico se alejaba de los cánones académicos y de la copia fiel y realista del entorno natural, que habían permeado la pintura europea durante las primeras décadas del siglo XIX. La obra de Claude Monet, Impresión, sol naciente, suscitaría por parte del crítico de arte Louis Leroy –según lo publicó en el periódico Le Charivari– el término peyorativo de impresionistas, para definir a ese grupo cuya resolución artística quedaba enmarcada por una  pincelada corta, la eliminación del dibujo

y los contornos, el cromatismo cálido y la representación de las figuras bajo la luz palpitante del sol.

En Francia, los impresionistas, inspirados por la pintura revolucionaria de Manet, se liberan de principios trasnochados y definen ellos mismos el tema y la forma de su pintura
[…] pintan lo que quieren y como quieren, señala von Lengerke.

Escenas en plein air, lejos de todo convencionalismo de la Academia, registraron a la naturaleza con una investidura libre. El propio Monet apuntaba: Todo lo que se pinta del natural tiene siempre una fuerza que no se encuentra en el taller.

Paisajes en distintos momentos del día; jarrones floridos iluminados por el rayo de luz que se filtra por la ventana; grupos y parejas de hombres y mujeres diluyéndose en escenarios multicromáticos de la campiña francesa, todos bajo la nueva mirada de los taumaturgos de la iluminación, en recuerdo de las palabras de la emérita Ida Rodríguez Prampolini.

*Sobre la exposición El Amor hasta la locura. Arrebatos eróticos y místicos en Museo Soumaya, en Rancho Las Voces, Ciudad Juárez, Chihuahua, Diciembre de 2007.


HENRI LEBASQUE
(CHAMPIGNÉ, MAINE-ET-LOIRE, FRANCIA, 1865 –
CANNET, FRANCIA, 1937)

Hijo de comerciantes madereros de la zona del Río Loira, Henri Lebasque demostró desde muy joven grandes aptitudes para el dibujo y la pintura.
Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Angers y hacia el año de 1866 se mudó a París. En la que por entonces se perfilaba como la ciudad rectora de la cultura europea conoció a Bonnat y Humbert, quien lo invita a participar en la decoración interior del Panteón.
Su preceptor más importante fue sin duda Camille Pissarro, quien ejercería una gran influencia en su trazo y manejo del color.
En 1893 conoció a Luce y Signac en el Salón de los Independientes; fue por esa época que su técnica seguiría los fundamentos del puntillismo durante varios años.
Para 1900 se mudó con su familia a Lagny y los bosques del Marne le darían motivos de inspiración para el género paisajístico que cultivó incansablemente.
De las muchas regiones francesas en las que vivió, la más cautivadora y determinante fue la zona del sur (Provenza y Niza), en la que encontró el cromatismo tonal que definiría su estilo artístico.
Para la primera década del siglo XX entró en contacto con los Nabis (profetas): Vuillard y Bonnard.
Por la misma época exhibió sus obras al lado de los fauvistas Matisse –gran amigo suyo–, Rouault, Dufy y Valtat, pero se mantuvo fiel a un estilo y patrones de representación que lo acercaban más a Monet y Renoir.
Colaboró en la decoración del Teatro de los Campos Elíseos y fue miembro fundador del Salón de Otoño de 1903.
El año de su muerte tuvo lugar su primera gran retrospectiva en el Petit Palais de París.
Una crisis cardiaca provocó su fallecimiento en 1937.

 

EL ARTISTA


Henri Lebasque tenía nueve años cuando la primera generación de impresionistas exhibieron sus obras en el taller de Charles Gleyre, causando una reacción inmediata en el público parisino.

La formación del joven pintor iría de la mano de los grandes momentos del Impresionismo y del Postimpresionismo: el registro lumínico sobre un mismo objeto, la solución a través de puntos o divisionismo cromático, el color puro de los fauves y la antesala de la vanguardia.

Amén de las influencias temáticas y compositivas que ejercerían sobre él los artistas Pierre Bonnard (1867-1947) y Édouard Vuillard (1868-1940), Lebasque prefirió seguir los lineamientos de Monet (1840-1926) y Renoir (1841-1919) en función de la pincelada difuminada y el empleo de colores apastelados, elementos que poblaron sus lienzos hasta el final de su vida.

Entre los temas predilectos del artista se encuentran por supuesto los paisajes del sur de Francia y los retratos de mujeres y niños –muchos de ellos de su propia familia– a laire libre o en composiciones intimistas.

A comienzos de la década de los años veinte del siglo pasado, se intensificaron los dolores reumáticos del pintor. Por sugerencia médica y para buscar un clima más favorable, se trasladó con su familia a la Costa Azul. Fue a partir de entonces y hasta su fallecimiento que el desnudo y la sensualidad femenina lo ocuparían por completo.

LA OBRA

Sigue durmiendo sin verme que yo, despierto a tu lado, vuelo al vuelo de tu sueño, y estoy tan cerca de ti que respiro por tu cuerpo.

ELÍAS NANDINO

Desnudo extendido en la colección de Museo Soumaya•Fundación Carlos Slim fue ejecutado alrededor de 1923 junto con una extensa serie de desnudos femeninos pletóricos de sensualidad, como los que alberga el Musée Joseph Déchelette en Roanne, Francia.

A partir de la representación de desnudos del maestro Edgar Degas (1834-1917), el espectador –en calidad de voyeur– había podido atisbar por el ojo de la cerradura sin romper la intimidad de una joven bañista o de la que reposa en su alcoba.

En la obra que nos ocupa, el artista recrea a una mujer que descansa merced a sus líneas insinuadas de brazos y piernas como testimonio de erotismo en plenitud.

El aire entra por la ventana y refresca la estancia, acompasado por el sutil movimiento del cortinaje, como el de la propia joven yacente. Una colcha y un mantel estampados con arabescos y dibujos naturalistas –cercanos en composición a Matisse– definen la tonalidad cromática de la obra, frente al rojo purísimo de la chalina y al rosa del bouquet de flores que aparece en el primer plano de la escena.

Un día de luz intensa ilumina a la fuente y a otra joven cuya silueta se perfila inclinada sobre el reflejo del agua. En el huerto flanqueado por árboles se levanta una pequeña iglesia que parecería mirar ruborizada al cuerpo desnudo, sugerente y poderoso, sinónimo de toda evocación. Escribió el célebre poeta uruguayo Mario Benedetti: Una mujer desnuda […] es una vocación para las manos, para los labios es casi un destino y para el corazón un despilfarro.
 


Henri Lebasque

[1] Desnudo extendido | c 1923 | Óleo sobre lienzo | 100.01 x 80.9 cm

[2] y [3] Desnudo extendido (detalles)| c 1923 | Óleo sobre lienzo | 66.04 x 81.6 cm

 
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