EVA MARÍA AYALA CANSECO| CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

 

En otra ocasión -prosiguió el poeta, sonriendo-, miré por el ojo
de la cerradura antes de acostarme y vi en camisón a la cria-
tura más deliciosa que jamás haya hecho crujir los travesaño
de la cama con sus pies desnudos.

VICTOR HUGO, NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, 1831

En la historia de la humanidad una de las reflexiones tradicionales sobre el cuerpo se refiere a dos estados: ir vestido o estar desnudo. Al inicio de la modernidad surgió uno intermedio: el de la ropa interior, que incluye la ropa para dormir. Autores como Valerie Steele, ubican su origen hacia fines de la Edad Media, ante el interés de los señores feudales para distinguirse socialmente. La convivencia permanente en las cámaras de la fortaleza permitía que lacayos y siervos observaran los camisones y ropa blanca que los nobles utilizaban. Las personas con pocos recursos dormían con sus prendas para el día.

Otro de los propósitos de estos atuendos era el buen mantenimiento de textiles suntuosos que no se podían lavar, como el terciopelo y la seda. Camisas y calzones de lino y algodón servían para preservar los lujosos brocados de la transpiración y demás fluidos del cuerpo. Así mismo, las distintas capas de ropa interior ayudaban a guardar calor durante el invierno. También protegían la piel del picor de la lana.

Los propósitos originales de la también llamada ropa de cámara estuvieron relacionados con la salud, la economía y la distinción de clase. Siglos más tarde se confeccionó lencería que explotaba el carácter erótico de este tipo de vestimenta.

De 1810 a 1910 se dio la época de oro de la lencería. Émile Zola escribió en la novela El paraíso de las damas (1883), una sensual descripción sobre una vitrina de ropa blanca en París: [todo luce] como si un grupo de jóvenes damas se hubiera desvestido, pieza tras pieza, hasta la satinada desnudez de su piel.

PARA BIEN DORMIR: CAMISAS Y COFIAS

Me acerqué a ella. Se retorcía bajo la colcha de raso color de rosa, debajo de la cual surgían unos hombros maravillosos, morenos y robustos, de los que quizá sólo se ven en sueños, medio cubiertos por un camisón de batista guarnecido de encajes blanquísimos que iban muy bien con su cutis oscuro.

FYODOR MIKHAILOVICH DOSTOIEVSKY, EL JUGADORr, 1867

Manuel Gutiérrez Nájera construye en su poema La Duquesa Job una magnífica visión erótica de la ropa interior femenina del siglo XIX: La breve cofia de blanco encaje / cubre sus rizos, el limpio traje / aguarda encima del canapé. / Altas, lustrosas y pequeñitas, / sus puntas muestran las dos botitas, / abandonadas del catre al pie […].



El camisón en la muestra Moda y Modernidad perteneció a una mujer de complexión robusta. Está hecho sobre batista nívea con aplicaciones de encaje de bolillos unidas con punto satin stitch que permiten la transparencia del forro de color melón. La investigadora textil Ana Paola Ruiz apunta: es muy amplio y largo, de lino beige, que cae recto hasta debajo de las sisas donde se abre en línea «A» y presenta pliegues. Tiene escote bajo en «V» sin mangas.

La cofia fue una prenda versátil que podía ser accesorio suntuoso o uniforme de servicio, y prenda indispensable para mantener el cabello en orden o contenerlo durante la noche.

Ana Paola Ruiz comentó que el accesorio en Museo Soumaya•Fundación Carlos Slim está elaborado en tul de algodón beige con tejido de crochet. El contorno de la red está rebordeado con encaje de bolillos y al frente tiene una rosa y aplicaciones de listón. A partir del tejido con gancho, el tul forma pliegues creando un volante y los extremos derecho e izquierdo terminan en punta. El borde está reforzado con un ribete de gancho con el hilo verde claro.

TORSOS QUE ARREBATAN EL ALIENTO

Las mujeres francesas tiene cinturas inconcebiblemente estrechas; […]  Sobre la camisa usan un corsé o cuerpo al que llaman corps piqué el que produce una figura más delicada y esbelta. Se ata detrás, lo cual ayuda a lucir la forma del busto.

JERôME LIPPOMANO, (1577)

 

Hacia 1860 los corsés blancos eran los más adecuados para una dama; sin embargo, a fines del siglo se llenaron de tonos intensos y líneas sinuosas. La aspiración de las mujeres victorianas era poseer una cintura de 48 centímetros, aunque una de 55 ya era satisfactoria. Los caballeros también los utilizaron. Un anuncio de 1899 despliega los modelos con sus originales nombres: Marlboro, Kitchener, Carlton.

Los corsés de distintos fondos de indumentaria como los del Museo Metropolitano de Nueva York o el Victoria & Albert del Reino Unido, son testimonio de que las medidas iban de 19 a 26 pulgadas (48 a 66 cm). La investigadora Valerie Steele afirma que muchas damas no lo ataban por completo, sino que el ceñido incluía el diámetro de la prenda más unas dos pulgadas extra del lazo cruzado.

El método para conseguir un talle esbelto fue utilizar corsé desde la infancia, y se apretaba con rigor sólo a partir de la adolescencia. El testimonio de una jovencita llamada Nora en un periódico inglés de 1867 ilustra el método y los resultados: Fui enviada a la edad de quince años a una elegante escuela en Londres, y ahí existía la costumbre de reducir la cintura de las alumnas una pulgada al mes, hasta que la directora la considerara lo suficientemente pequeña. Cuando dejé la escuela a los diecisiete, mi cintura medía tan sólo 13 pulgadas [33 cm], y originalmente tenía 23 pulgadas [casi 59 cm] de circunferencia. Las mexicanas que utilizaron algunos trajes hoy en la colección de moda en el Soumaya contaban con estas diminutas proporciones, como la dueña del vestido de calle estilo Belle Époque: 19 pulgadas [48 cm]. (ver detalle 3)

Aprender a enlazar el corsé era un asunto serio, para la salud y la estética. Así lo describe la señora Walter en Female Beauty (1837):

Cuando la jovencita pasa un cuarto de hora ciñéndose las ballenas tan apretadas como sea posible, y es vista algunas veces por sus amigas jalando por algunos minutos, después parando para respirar, luego retomando la tarea a más no poder, hasta que tal vez del tercer esfuerzo lo consigue y se sienta cubierta en su transpiración, después de esto el efecto del corsé no sólo es dañino para la forma sino que puede producir muy serias consecuencias.
 

El cubrecorsé en la exposición Moda y Modernidad, llega un poco más arriba de la cintura y a partir de ahí cubre el busto. Es probable que esta pieza de lencería fuera utilizada para trajes de 1860 a 1882 debido su largo. Su tono claro indica un concepto decimonónico sobre la ropa interior femenina, expresado por un escritor anónimo en 1861: […] es el símbolo blanco de su pudor, aquel que uno no debe tocar o mirar de cerca.

Ana Paola Ruiz  describe que está confeccionado en lino color crudo y exhibe deshilado y aplicación de encaje de bolillo maltese en puntas. Se abrocha por el centro con tres botones de nácar. Del lado derecho se encuentran las iniciales HM bordadas, del nombre de su dueña.

Entre sus materiales delicados, la lencería manifiesta belleza, fantasía y deseo. Es muestra de una de las aspiraciones de la modernidad: la reafirmación de lo femenino y lo masculino. Octave Uzanne escribió sobre su amada: Ella es como una orquídea excepcional […] a quien sus innumerables capas hacen más bella y delicada conforme te acercas a las dulces profundidades de los pétalos más recónditos.

[1] Confección anónima | Cofia | c 1900 | Tejido de croché sobre tul de algodón. Encaje de bolillos | 17 x 29 x 49 cm
[2] Confección anónima | Camisón | Primera mitad de siglo xx | Lino con bordado industrial y encaje de tul de algodón | 137 x 51 (cintura) cm. Ruedo: 308 cm
[3] Confección anónima | Vestido de calle (detalle) | c 1900 | Malla bordada con aplicación de tafetán y soutache de algodón | 160.5 cm x 24 cm (cintura)
[4] Confección anónima | Cubrecorsé | c 1900 | Lino. canesú deshilado de algodón y encaje de bolillo maltés. Botones de nácar | 42 x 41 (cintura) cm
Fotografía: Luis Enriquez Figueroa

 
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