GABRIELA HUERTA TAMAYO | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN

Heredero del movimiento Dada y del Marxismo, nació el grupo surrealista en 1924. Lo integraron André Breton, Max Ernst, Paul Éluard, Joan Miró, René Magritte, Yves Tanguy… y a fines de esa década, seducido por estas ideas, también se les unió Salvador Dalí (1904-1989). Se interesaron en lograr una realidad humana más completa y justa, y con ayuda del psicoanálisis, expresar sin tapujos el inconsciente en sus obras. Al igual que otros grupos de jóvenes artistas en Europa en las primeras décadas del siglo XX, lanzaron manifiestos –en el 24 y en el 28– con los que definieron tanto su misión, como la orientación de sus obras.

Salvador Dalí aprendió a plasmar las profundidades de la psique en sus obras: Lo que nos habíamos ocultado desear –apuntaba– y lo que ignorábamos habernos ocultado, toma el máximo gusto de la luz. Un arte liberado de cualquier censura se volvió el ideal. Exploró sus deseos, sexualidad, recuerdos, vergüenzas… como ningún otro artista plástico.

El joven catalán desarrolló, con Magritte y Tanguy, un procedimiento artístico que  cuidaba la representación figurativa, con motivos reconocibles, pero alterados con elementos paradójicos para sorprender y provocar los cuestionamientos en sus espectadores. Además, basado en la paranoia –según apuntaba en “Posición moral del surrealismo”– como una forma de enfermedad mental  que consiste en organizar la realidad de forma que se pueda utilizar para el control de una construcción imaginativa, se proponía hacer pasar el mundo delirante al plano de la realidad de una manera crítica, voluntaria y controlada. Por lo que afirmaba: la única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco. Llamó a su método paranoico-crítico, sobre él decía:

Soy personalmente capaz de desarrollar seis, ocho diez imágenes simultáneas a partir de una sola visión. Mi capacidad paranoico-crítica apenas tiene límites. En algunos de mis cuadros cada espectador capta una visión diferente. La visión paranoica puede surgir por contagio de la imaginación de cada cual.
[…] Mis relojes blandos no son solamente una imagen fantasiosa y poética de lo real, sino que aquella visión del queso derritiéndose es en realidad la más perfecta definición que las más altas especulaciones matemáticas puedan dar del espacio-tiempo.

El juego paranoico se advierte en las imágenes ambiguas de las que tanto gustaba, ilusiones ópticas que lo llevaron desde que se adhirió Surrealismo a experimentar con las posibilidades del cine, la esteroscopía, los hologramas o la cibernética.

Su periodo de los años treinta es considerado el más señalado en su producción. Regresaría una y otra vez en las siguientes décadas a los temas que creó entonces e incursionaría en otras áreas (cine, gráfica, diseño, publicidad, fotografía…). Había llegado a Nueva York en 1934, y el gran interés por las Vanguardias, aunado a sus cualidades de autopromoción, lo llevaron a alcanzar la fama y a lograr una creciente atención desde entonces. No obstante, la vasta producción del artista tiene menos de dos décadas de haber comenzado a ser catalogada.

 

 

Dalí fue provocador desde muy joven, se autocalificó genio y se regocijó en la popularidad y riqueza que logró. Murió hace 20 años, el 23 de enero de 1989, en Figueres, España. Nos heredó de las profundidades de su mente relojes blandos, mujeres y hombres con cajones, elefantes sostenidos sobre patas delgadísimas, Cristos suspendidos en el tiempo… iconos para siglo XX.


Salvador Dalí
[1] La nobleza del tiempo | 1977 | Bronce dorado y con pátina verde, negra y café | 154 x 90 x 70 cm
[2] Perseo. Homenaje a Benvenuto Cellini | 1976 | Bronce con pátina café y verde | 200.55 x 100.27 x 100.05 cm

Regresar