

Encuentro de dos rostros, lo femenino, María-Eva: una mujer podría redimir al hombre luego de que otra lo llevara a la perdición con el pecado original. Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María, apuntó el santo alrededor del año 1126.
En la exposición temporal El Amor hasta la locura. Arrebatos eróticos y místicos en la colección de Museo Soumaya, así como en las páginas del catálogo homónimo recientemente publicado, se presenta una bellísima edición de 1687 de las obras completas: Opera Omnia de Bernardo de Claraval. Pletórico de simbolismo y meditaciones profundas, transcribimos de la versión original latina, el nombre del sermón VII: Del amor ardiente que Dios ama en el alma: también atento en el tiempo de la Oración y de los Salmos procurado.


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Como sugiere Gregorio Díaz Ramos, la vocación bernardiana propone ascender desde lo más profundo […] hasta lo más elevado del amor, la unión mística con Dios. Dentro de este esquema ascensionista, representado en la iconografía medieval con el axis mundi o eje cósmico que enlaza la tierra con el cielo, María es la rosa mística que se eleva y florece para traer la gracia divina a los hombres. El doctor Ernesto de la Peña, en una reciente publicación sobre los muchos significados culturales de esta flor, explica que María, la virgen de Galilea, es la rosa de Sharón, la flor del valle, la desposada de Jesús, pues a su condición de madre añade, en otras vertientes interpretativas, la de protectora especial de la iglesia, compañera mística del Salvador. Por ende la rosa, como María, dechado de la pureza cabal, es símbolo, emblema de lo virginal […].
UN SANTO CON BOCA DE MIEL
Bernardo nació en el castillo de Fontaines-lès-Dijon, Borgoña, Francia en 1090. A los veintidós años ingresó a la abadía de Cîteaux –la antigua provincia romana de Cistercium–, donde la dogmática había sido inspirada en las reformas del Císter que promoviera san Roberto de Molesme en 1098. Los cistercienses vestían hábitos blancos y predicaban la regla primitiva de san Benito de Nursia [480-547], fundador de los benedictinos: el binomio de un trabajo manual dedicado y la contemplación ascética. Ora et labora, rezaba el lema de la orden.
En el año 1100 el papa Pascual II les otorgó el reconocimiento y el amparo de la Iglesia católica. La nueva orden viviría bajo las premisas de la Carta de caridad, la cual tuvo como votos la dedicación al culto divino, obediencia a los superiores eclesiásticos y una total pobreza.
Bernardo fue enviado a fundar el monasterio de Clairvaux (Claraval) hacia 1113, por disposición del abad Esteban Harding. Su estricta observancia de los cánones, así como la rigidez en la alimentación y en el castigo de la carne, hicieron surgir críticas en torno a la figura del santo. Tuvo que darse la intermediación del obispo Guillermo de Champeaux para que atendiera su ya mermada salud y relajara la norma en la vida monástica. |