ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | DIRECCIÓN

El primer encuentro entre las artesanías de dos culturas tuvo lugar en Santa María de la Victoria en Tabasco, en 1519 […] Cortés ordenó a dos carpinteros que hicieran una cruz de madera muy alta e hizo que los indios «alzaran un buen altar y bien logrado». Los trabajadores españoles y los indígenas, como en un doble rito, dieron así nacimiento a la nueva artesanía con su doble origen: el español, rico de influencias europeas, y el indígena. Carlos Monsiváis recoge las palabras de don Salvador Novo que dan cuenta de un México, crisol de culturas, que ha resignificado estas herencias donde lo popular juega con la voluntad creadora de los maestros. Arte para todos, ahí donde la utilidad y la estética no padecen la afrenta de la Academia. 


Como juego de espejo, las manifestaciones culturales decimonó- nicas –en un afán de diferenciarse y reafirmarse– codificaron el término arte popular frente al gran arte, también llamado arte culto o arte oficial. El historiador y crítico Arnold Hauser apuntó:

El Romanticismo le arrancó al arte del pueblo sus rasgos concretos y, a fin de subrayar más su supuesto carácter universal y prototípico, lo convirtió en un concepto vago, en un fenómeno indefinible en su nacimiento. A ningún producto del espíritu humano están tan firmemente aferrados los conceptos de la filosofía romántica de la historia y del arte como a la epopeya del pueblo, a la canción del pueblo, a la fábula del pueblo, nociones todas que no sólo fueron un descubrimiento, sino en cierto sentido una invención del Romanticismo.

 

La sociedad mexicana del siglo XIX le confirió al arte popular –continúa Monsiváis– el papel de sembrador de signos nacionales, de objetos que afiancen el propósito de singularidad […] La imaginación (mezcla de fantasía y ortodoxia) […] encontró en las fiestas la oportunidad de crear y recrear el pasado. Los bailes, los espectáculos, los fandangos, las jamaicas, los paseos y las tertulias, convivían con las ferias y las casas de juego.


Durante el Porfirismo las fiestas cívicas se integraban con piezas musicales, lecturas, coros, poemas, discurso oficial, y no podía faltar el himno nacional. En las verbenas convivían todos los estratos. Se degustaban la diversidad de antojitos; los buñuelos con melaza eran el deleite del catrín y del mendigo. La aristocracia bebía aguas frescas y a veces no despreciaba ni el tepache, ni los curados. La novedad porfiriana introdujo de los Estados Unidos el algodón de azúcar y al tiempo que abandonaba el juego de cartas españolas, optó por los naipes ingleses. En el cubilete y en las peleas de gallos corrían las apuestas, mientras que las burdas canicas de barro eran desplazadas por brillantes perlas de vidrio. Entre tanto, la lotería, herencia virreinal, pletórica de significados en aquellas imágenes, reforzaban el nacionalismo. Para cantar ¡Lotería! había que evocar a la Catrina, la bandera, el águila, la serpiente y la campana que nos dio libertad.

UN NUEVO JUEGO MEXICANO

Mientras que la Francia de los albores del siglo XX acuñaba el  término artes modestas para referirse al arte popular, en México se importó el ancestral papel maché. Esta técnica originaria de China, de India y de Persia, consiste en usar pasta de papel para elaborar objetos, generalmente decorativos y artísticos. La voz proviene del francés papier mâché o papel masticado o machacado, debido a que antes de que existieran los molinos, la pasta se elaboraba triturando con la boca los desechos de papel.

 


En Italia se llama carta pesta, a la técnica de formar capas con trozos de papel engomado, o usando engrudo dándole la forma deseada, sobre una base o molde, algo muy parecido a las ya tradicionales piñatas de cartón.
El arte del papel se introdujo en Europa gracias a los comerciantes venecianos. En el siglo XVII no había compromiso matrimonial si el varón no obsequiaba a la joven casadera una famosa cajita de rapé. El pliego rasgado se ablandaba al calor, para luego sumergirlo en agua; se moldeaba en hormas de madera y se cubría con linaza. Eran añadidas capas de pasta mezclada con arcilla roja, hollín y aceite, y tras el secado, el objeto se pulía y laqueaba. En 1722 el escocés Henry Clay obtuvo la patente para la fabricación de muebles, puertas y objetos de uso cotidiano en pasta de papel. Para 1820 Joshua Bettridge de Birmingham encontró un muy buen negocio en la elaboración de sillas en este material y Pierre Adt en la elaboración de finos objetos de arte para la mesa.

 



El gusto francés que caracterizó a la sociedad mexicana de fines del siglo XIX vio con agrado estas manifestaciones, y pronto los maestros artesanos aprendieron y dotaron de múltiples colores la técnica del papier mâché. El desperdicio de la pasta, sobre todo en la elaboración de lámparas, era utilizado para echar a volar la imaginación. Así, aparecieron en las ferias los primeros tragabolas: niños y jóvenes pasaban un buen tiempo jugando a meter una pelota que también se realizaba con papel.
Estos dos ejemplos artísticos del ocaso porfiriano formaron parte del disímbolo y maravilloso acervo de Daniel Liebsohn. La sonrisa del payaso se muestra descarada para engullir las bolas. En el rostro blanquecino sobresalen las líneas rojas que enfatizan los gestos desde la Comedia del Arte italiana. Por su parte, el negrito de curioso sombrero amarillo, abre enormemente la boca desafiando al tirador. Montado en una estructura de madera más compleja que la de su gracioso compañero, la bola puede caer en tres compartimientos anunciados por un número en la base: el 3, el 8 y el 5 correspondían al puntaje que después de tres intentos se sumaban, y la mayor cantidad obtenía el premio.
Artesanía, juego, destreza y azar se conjugan en estas peculiares manifestaciones que tanto han divertido a los mexicanos y que tienen un valor fundamental en la plástica y dentro del imaginario popular.

 

 

 

 

 


__________________________________
Trabajo mexicano|Traga bolas|c. 1910| Papel maché sobre estructura de madera | Negrito 75.5 x 30 x 18 cm | Payasito 78 X 31 X 15 cm

Regresar