Durante el Porfirismo las fiestas cívicas se integraban con piezas musicales, lecturas, coros, poemas, discurso oficial, y no podía faltar el himno nacional. En las verbenas convivían todos los estratos. Se degustaban la diversidad de antojitos; los buñuelos con melaza eran el deleite del catrín y del mendigo. La aristocracia bebía aguas frescas y a veces no despreciaba ni el tepache, ni los curados. La novedad porfiriana introdujo de los Estados Unidos el algodón de azúcar y al tiempo que abandonaba el juego de cartas españolas, optó por los naipes ingleses. En el cubilete y en las peleas de gallos corrían las apuestas, mientras que las burdas canicas de barro eran desplazadas por brillantes perlas de vidrio. Entre tanto, la lotería, herencia virreinal, pletórica de significados en aquellas imágenes, reforzaban el nacionalismo. Para cantar ¡Lotería! había que evocar a la Catrina, la bandera, el águila, la serpiente y la campana que nos dio libertad.
UN NUEVO JUEGO MEXICANO
Mientras que la Francia de los albores del siglo XX acuñaba el término artes modestas para referirse al arte popular, en México se importó el ancestral papel maché. Esta técnica originaria de China, de India y de Persia, consiste en usar pasta de papel para elaborar objetos, generalmente decorativos y artísticos. La voz proviene del francés papier mâché o papel masticado o machacado, debido a que antes de que existieran los molinos, la pasta se elaboraba triturando con la boca los desechos de papel.
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En Italia se llama carta pesta, a la técnica de formar capas con trozos de papel engomado, o usando engrudo dándole la forma deseada, sobre una base o molde, algo muy parecido a las ya tradicionales piñatas de cartón.
El arte del papel se introdujo en Europa gracias a los comerciantes venecianos. En el siglo XVII no había compromiso matrimonial si el varón no obsequiaba a la joven casadera una famosa cajita de rapé. El pliego rasgado se ablandaba al calor, para luego sumergirlo en agua; se moldeaba en hormas de madera y se cubría con linaza. Eran añadidas capas de pasta mezclada con arcilla roja, hollín y aceite, y tras el secado, el objeto se pulía y laqueaba. En 1722 el escocés Henry Clay obtuvo la patente para la fabricación de muebles, puertas y objetos de uso cotidiano en pasta de papel. Para 1820 Joshua Bettridge de Birmingham encontró un muy buen negocio en la elaboración de sillas en este material y Pierre Adt en la elaboración de finos objetos de arte para la mesa.
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