ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | DIRECCIÓN

Un mundo nace cuando dos se besan.
Oscar Wilde
Millares y millares de años
no serían suficientes
para expresar
ese pequeño segundo de eternidad.
En el que me besaste.
En el que te besé
[...]

El jardín, Jacques Prévert

Un beso nos traslada a la emoción primigenia del hombre. Deseo de volver al origen: el primer contacto visual sellado luego con la unión de los labios; ardor, reconocimiento, signo y símbolo de la más antigua de las comuniones. La historia del amor y de la sensualidad prescinde, a veces, de las palabras articuladas. Sólo metáforas transfiguran al que besa y al que es besado; la fuerza telúrica de un encuentro que sale del tiempo.


Marco Bussagli, en su texto El cuerpo humano. Anatomía y simbolismo, describe, más que el movimiento de treinta músculos de la cara donde se intercambian cerca de 300 colonias de bacterias y se libera una cantidad imprecisa de hormonas, así como el aumento significativo del ritmo cardíaco, el beso es uno de los reclamos sexuales más importantes del lenguaje no-oral del cuerpo.


Esta demostración del afecto quizá tenga su origen en la primera forma de contacto del bebé que se prende al seno

 

de su madre, o en la costumbre de los hombres de olerse como parte del ritual de pertenencia a la familia clánica. Carsten-Peter Wanrncke sostiene incluso que la mujer del Cromagnon –como los pájaros– alimentaba a sus crías masticando la comida hasta pasarla a la boca del pequeño como un beso arcaico.


Unión de planos cósmicos donde el cielo besa a la tierra para fecundarla, las representaciones del beso en las hierogamias o ceremonias sumerias propiciaban los ritos de fertilidad. En Egipto, Hathor –diosa de la sensualidad– dispone sus labios sobre los faraones; Akhenatón besa la mejilla de su hija Enkesenamón, quien se cobija en el regazo de Nefertiti. Las concubinas de los emperadores en China, al igual que las doncellas de Akbar en el islámico Mogol, besan a los hijos del cielo. La escultura tántrica de Khajuraho en la India, pletórica de sensualidad y erotismo, muestra además de brazos y piernas que se anudan, los labios que se buscan a través del cuerpo. El Kamasutra por   su   parte   describe  tres   clases  de

El Humanismo y el Barroco dieron nuevos significados al beso, que transitó de la elegancia cortesana al descaro de la liviandad. Fue el pudor ilustrado el que hizo que en el siglo XVIII se prohibieran los besos en público, quedando permitidos sólo los de la mano, censura en las normas del buen gusto que continuó hasta los años 60 del siglo pasado.

De los relatos medievales, La bella durmiente reposará cien años hasta que la despierte el primer beso de amor. Blancanieves sana del envenenamiento por un beso. Los celtas le conferían poderes curativos. Todo cuento infantil sella el destino de la princesa con un beso. Más tarde en la cinematografía existió ya en sus inicios, un ejercicio de eternizarlo. The Kiss (El beso) de 1896 es un cortometraje donde por vez primera se capta un beso.

Los besos de Auguste Rodin, Constantin Brancusi, Gustav Klimt, Francesco Hayez, o el del ruso Dimitrij Vrubel en Bruderkuss o Beso de hermanos, graffiti del Muro de Berlín, muestran esa dimensión erótica y a veces lúdica que simboliza el contacto y la compenetración entre dos personas.


En los labios aflora el deseo. En la Francia decimonónica, el pintor Jean-Auguste-Dominque Ingres y el escultor Auguste Rodin lo convirtieron en una declaración libertaria. Las palabras de Ingrid Bergman: Un beso es un truco excitante de la naturaleza para interrumpir la conversación, cuando las palabras son superfluas, se resignifican en dos obras que de estos autores conserva Museo Soumaya.


Dante Alighieri relata su encuentro con Francesca da Rimini; testimonio de un amor prohibido, en el canto V de la Divina Comedia:

[…] si tienes tanto deseo de conocer cuál fue el principal origen de nuestro amor, haré como el que habla y llora a la vez. Leíamos un día por pasatiempo las aventuras de Lancelote, y de qué modo cayó en las redes del Amor: estábamos solos y sin abrigar sospecha alguna. Aquella lectura hizo que nuestros ojos se buscaran muchas veces y que palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje fue el que decidió de nosotros. Cuando leíamos que la deseada sonrisa de la amada fue interrumpida por el beso del amante, éste, que jamás se ha de separar de mí, me besó tembloroso en la boca: el libro y quien lo escribió fue para nosotros otro Galeoto; aquel día ya no leímos más.

 

Este beso enamorado –símil de la traición al rey Arturo por Lancelote y Ginebra– fue descubierto por el hermano de Paolo Malatesta, Gianciotto, quien encendido en celos, los apuñaló. La pareja fue conducida hacia el segundo círculo del Infierno, lugar donde sufren tormento los lujuriosos. El triste relato corresponde a una historia real que aconteció hacia 1275.


En la cúspide de su carrera Ingres pintó este delicado lienzo, entre 1856 y 1860, apenas dos años después de su célebre Juana de Arco en la coronación de Carlos VII, sita en la catedral de Reims. Como señala la investigadora Gabriela Huerta Tamayo, el tema de la pasión adúltera de Francesca y Paolo fue trabajado, entre otros, por los artistas románticos Delacroix, Étex, Croisy y Félicie de Fauveau, quienes los imaginaron sentados; para Cabanel yacen muertos, y para Ary Schfer, Henri y Hugues son sombras del averno. Ingres, al igual que Coupin de La Couperie y Rodin, capturan el momento preciso del beso. Jean-Auguste-Dominque dispuso en un segundo plano a Gianciotto con el gesto adusto del orgullo herido. A la izquierda se asoma el pozo en el que fueron arrojados. En la conciencia del amor adúltero se presagian las palabras que después recitará Francesca: Amor, que no dispensa de amar al que es amado, hizo que me entregara vivamente al placer de que se embriagaba éste que, como ves, no me abandona nunca.

En la obra de Ingres Paolo alonga su cuello para besar a la dama. Rodin dio un giro que responde al París finisecular. Huerta Tamayo apunta que Rodin concibió El beso desde muy temprano cuando proyectaba La puerta del Infierno, obra donde surgiría la pareja:

En 1882 comenzó a trabajar diferentes versiones. En la tercera maqueta de La puerta figura en la hoja izquierda, debajo y de forma simétrica al grupo de Ugolino. En 1886 El beso estuvo terminado y fue tratado como obra independiente. Al año siguiente se exhibió un bronce Francesca da Rimini en París y luego en yeso en Bruselas. Aquí la crítica entusiasmada decía en La Nation que se trataba de una adorable pareja de amantes, completamente desnudos, el cual habría sido más simple llamar El beso o dejar sin título […] El deseo de uno lleva el nombre del otro en los labios, que la delicada caricia de la boca se extiende hasta el roce del pie de ella sobre el de él.

El poeta, biógrafo y amigo de Rodin, Rainer María Rilke, escribió a propósito de la obra:

El encanto [de los jóvenes] tiende a esta sabia y justa repartición de la vida; se siente que de todas estas superficies de contacto penetran olas en los cuerpos, escalofríos de belleza, de presentimiento y de fuerza. De ahí proviene que se crea ver la felicidad de ese hecho sobre la extensión de esos cuerpos; es como un sol que se levanta y su luz se expande por todo.

Esta historia ha inspirado otras obras literarias, como el poema Historia de Rimini, de Leigh Hunt y el drama Francesca da Rimini (1902), de Gabriele D'Annunzio; así como la fantasía orquestal de Piotr Ilich Chaikovski Francesca da Rimini (1876) o la ópera Francesca da Rimini de Sergey Rachmaninoff.

 

Mark Twain escribió Un beso es una cosa en la que se requieren ambas manos. Y aunque José Ortega y Gasset afirmó que: Para el beso, la nariz y los ojos están tan mal colocados como mal hechos los labios, la tradición popular mexicana del siglo XIX no hace caso de tales incomodidades y dice que Un beso es como el vaso de agua, no se le niega a nadie. Recordamos al recién fallecido dramaturgo mexicano don Emilio Carballido (1925-2008) que trajo a nuevas generaciones el famoso beso de zaguán en sus pastorelas; los besos adolescentes –impacientes y arrobados– de Escrito en el cuerpo de la noche (1993); los odiados en Rosa de dos aromas (1986); y los descarados de Te juro Juana que tengo ganas (1963):

El día que te vi recuerdo que te besé
y lo que entonces sentí mi Juana nunca diré.
De amores te requerí y a ti te pareció mal
más luego dijiste sí que vino el compromiso matrimonial.

Mañana por la mañana te espero Juana a tomar el té.
Te juro Juana que tengo ganas de verte la punta, el pie.
La punta, el pie, la rodilla, la pantorrilla y el peroné.


[1] Auguste Rodin | El beso (detalle)| 1886 | Bronce con pátina café
| 85.5 x 51.9 x 56.1
[2] Jean-Auguste-Dominique Ingres | Paolo y Francesca (detalle)
| c 1856 – 1860 | Óleo sobre lienzo |25.7 x 22.5 x 10 cm

 

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