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José María Velasco | Ahuehuetes de Chapultepec |1875/Óleo sobre lienzo| 20 x 25 cm
ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | DIRECCIÓN Por tus bosques y hondonadas ANÓNIMO DEL SIGLO XIX El género de paisaje ha sido uno de los temas emblemáticos del arte. Invitación para contemplar la naturaleza y resignificarla. Escenario de acontecimientos históricos, sucesos cotidianos, símbolos todos que construyen la identidad de un pueblo. De interés ilustrado, el paisaje del siglo XVIII es un registro documental del entorno. En Nueva España quedó subordinado a la ambientación de escenas civiles o religiosas y como afirma la investigadora Concepción García Sáiz en los cuadros de castas, las vistas identificaban el radio de acción de los grupos sociales. No obstante, uno de los ejemplos más importante de la era virreinal, es sin duda el Paseo de la Viga con la iglesia de Iztacalco. Óleo que conserva Museo Soumaya y que describe la llegada del virrey don José Sarmiento y Valladares, conde de Moctezuma, por el Canal de la Viga en 1706. Durante el siglo XIX, El espíritu neoclásico lograba asentarse en la Academia de San Carlos y, a fines de esa centuria, la realidad inmersa en el Romanticismo se contagió de la libertad de los nuevos artistas nacionales y extranjeros. |
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Las visitas, como instantáneas fotográficas, presentan el retrato de una parte emblemática del país. Chapultepec se había convertido en el paseo dominical de la sociedad capitalina decimonónica, después de la Alameda Central. María Elena Altamirano Piolle, en su artículo José María Velasco: Paisajes de luz, horizontes de modernidad, señala que desde el título, Ahuehuetes de Chapultepec el artista hizo referencia a la historia y a la trascendencia de este bosque en la cosmología mexicana. Chapultepec quiere decir Cerro del chapulín, vocablo náhuatl que nombra al insecto americano también conocido como langosta. La etimología de la palabra la conocía muy bien Velasco, pues en 1875, año de factura de este cuadro, el mismo artista estuvo involucrado en la fundación de la Academia Mexicana de la Lengua, derivada de la madrileña. El óleo muestra el interés de Porfirismo por narrar una historia incluyente y pletórica de significados para el pueblo. Este lienzo evoca la importancia del lugar como observatorio para registrar y medir el tiempo, como sitio de entierro y sacrificio o punto estratégico de batallas militares: la ocupación mexica, el punto de reunión de las huestes de Hernán Cortés durante el sitio a la ciudad imperial de Tenochtitlan, o la dolorosa ocupación estadounidense de 1847.
Pedro Villegas | Paseo de la Viga con Iglesia de Iztacalco | 1706| Óleo sobre lienzo|143.5 x 171.5 cm En la parte inferior se aprecia el lago bajo, uno de los más importantes del sitio, donde se distinguen siete vacas en una interesante perspectiva; y en el plano superior cargado de vegetación, sobresale un imponente ahuehuete que recorta el cielo. El nombre del árbol refiere al tiempo; y proviene de dos palabras nahuas: atl, agua y huehe, viejo. El gran bosque del Altiplano central data del 2300 a.C., y para la primera mitad del siglo XV Nezahualcóyotl, el gran tlatoani o principal sacerdote-guerrero del reino de Tetzcuco, había ordenado plantar un camino de ahuehuetes, como parte de una ofrenda a Huehuetéotl (el dios viejo y señor del fuego). El árbol de Velasco toma el agua del manantial mesoamericano su corteza cual acueducto virreinal, la eleva hacia una próspera tierra mexicana. Aunque no está presente en la obra, es probable que haya sido pintado desde la parte posterior del castillo que se construyó sobre lo que inicialmente fuera un teocalli o templo mexica y más tarde la iglesia del Espíritu Santo en la cima del cerro. Residencia veraniega para los virreyes y luego Heróico Colegio Militar, fue remodelada con la inclusión del Alcázar donde habitaron los emperadores Maximiliano y Carlota. Después serviría como residencia presidencial hasta que en 1940, el general Lázaro Cárdenas del Río decidió trasladarse a la antigua hacienda La Hormiga, hoy conocida como los Pinos. El Castillo es desde entonces la sede del Museo Nacional de Historia. Lo cierto es que no podría escribirse el devenir de la Ciudad de México y del país sin hacer referencia a Chapultepec. El comerciante y viajero alemán C. Becher, unos años antes de que se realizara este cuadro, había comentado que desde ahí se podía ver una grandiosa y sutil atmósfera [donde el] aire puro y transparente fue reflejado por la cuidadosa pincelada del artista. La eminencia del genio de la que habló José Martí al describir a Velasco, es clara en el intenso colorido de la obra, donde el juego de verdes logra una espléndida profundidad de planos. Si bien el tema lo trató en repetidas ocasiones, éste de pequeño formato pudo haber sido parte de sus ensayos de naturaleza o bien como acercamiento para una obra de mayores dimensiones. Aunque, Velasco bocetaba en plein air, por compartir la herencia de la Academia, terminó el cuadro en su estudio. El artista miraba hacia la tierra, hacia la Matria de la que habló Luis González y González en Pueblo en vilo. Ese terruño que define y redefine la herencia cultural que nos hace ser lo que somos. El ser mexicano se plasma en cada arbusto pintado con la pasión de José María Velasco. El paisaje refleja el espíritu de una patria que se levanta entre pinceladas vigorosas y que a dos años de celebrar el bicentenario del inicio de su gesta libertaria y a cien años de nuestra Revolución, nos habla de aquellos lugares comunes que vueltos arte, abrazan nuestro imaginario nacional.
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