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Se
cree que la miniatura se desarrolló en Inglaterra a partir
de un obsequio francés. En 1520 Francisco I, rey de Francia,
le envió a Enrique VIII retratos de los héroes
de la batalla de Marignan que impresionaron al monarca inglés:
pequeñas efigies en óvalo sobre un pergamino.
Seis años después, las cortes de ambos países
ya intercambiaban con regularidad miniaturas en medallones.
Aunque las
miniaturas llegaron a Inglaterra desde Francia, en el país
galo florecieron hasta el reinado de Luis XV, en el primer tercio
del siglo XVIII, siguiendo la moda impuesta por los británicos.
De Francia llegaron a España y de ahí a los virreinatos
americanos. En nuestro país el mejor momento de este
género fue en el México independiente durante
el primer y segundo tercio del siglo XIX, como se observa en
la colección expuesta. El retrato en miniatura vivió
su edad de oro en el siglo XIX. A
principios del XX, la miniatura se vio desplazada por la fotografía
gracias a su rapidez, fidelidad y fácil acceso, dando
fin a la era de este íntimo y pequeño objeto de
devoción personal.
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